sábado, 7 de mayo de 2011

EL DESENCANTADO



Son las tres de la mañana y una legión de serpientes me quiere devorar. Son las cinco cuando intento pegar el ojo por enésima vez, pero entresueños veo a una gallina negra que se acerca para sacarme los ojos (las mismas pesadillas de siempre). Me levanto y no encuentro alegrías a mi alrededor: otro díay otro sol sin que el milagro de la vida tenga gracia para mí. Me deslizo hasta el sanitario y el cuerpo me pesa como si arrastrara al mundo a cuestas (y así me sentiré el resto del día). Me miro al espejo y tampoco le encuentro gracia a mi rostro: está triste, macilento; hay un guayabo moral en mí: tal vez he bebido demasiada vida o demasiados sueños. El agua fría no me reanima; al contrario, me hiere como si fueran latigazos, cuchilladas. Salgo de la ducha adolorido. Me visto con lo primero que encuentro a mano, me peino y limpio mis zapatos como un autómata. El café me sabe a hiel, las noticias del diario y de la radio, que eran parte de mis rutinas, ahora me son indiferentes. No siento ánimos de nada; el desencanto es mi único desayuno.

No me atrevo a salir, tengo miedo, un mal presentimiento (hace días lo apaciento, semanas, tal vez meses). Alguien de la casa me saluda y me timbro. Me hablan, pero no sé escuchar. No entiendo lo que me dicen, sonrío con tristeza. Hago un esfuerzo, me valgo de mis mejores recursos y salgo a la calle medroso, en busca de amigos, pero sólo veo los mismos rostros de siempre. Caigo en la cuenta de que no tengo amigos.

Me empeño, busco aire, motivos de fortaleza y subo calle arriba-calle-abajo, pero nada me conforta; todo me atemoriza. Hablo con algunas personas, sonrío a la fuerza, pero nadie nota que estoy deprimido, triste, desolado. A tiro de pistola.

Me da tristeza y me avergüenzo de mí mismo. Me parece una traición personal y una estupidez estar así, y no poder superarlo. Está bien un ratito de tristeza, unas horas de melancolía o un día de malparidez, pero esto ya es crónico. Me da risa de mí mismo; una risa amarga, llena de espinas, de sal, que no puedo con ella. Me gana la malparidez.

No entiendo qué es lo que me pasa, ni los motivos. Se me fue el alma, es todo lo que puedo alegar en mi defensa. Me siento enfermo, pero no tengo ninguna dolencia física. Me da rabia y me autocastigo; me sobrepongo a la adversidad, pero al menor descuido, vuelvo a recaer.

Son las once, me tomo un tinto: nada (será el inicio de cinco jarras de café con la intención de reanimarme, en vano), un cigarrillito para... no sé (me dijeron que la tristeza se pasa mejor con un cigarillito: pura paja).

Y a las doce y media comienzo a comer y a comer y a comer como un desesperado. El pan es barato, y tiene buen sabor. Como pan a la lata. Me voy a engordar como un marrano, pienso, pero no me importa, llevo días comiendo y comiendo. No puedo dejar de hacerlo.

Todo comenzó con un día agitado, chévere: emociones, exámenes y muchos proyectos laborales por delante. Pero al caer la noche terminé tan cansado que me dormí en un sillón y de allí no quise levantarme nunca más. Al día siguiente amanecí hipersensible y las noticias del país me cayeron al hígado (el corazón estaba saturado, tal vez). Aunque cansado, seguí trabajando duro, con la ilusión de unas vacaciones que no me di. (Los maestros son tan ignorantes que no saben que la gente necesita descansar, y dejan mil tareas). Al terminar el año se me cruzaron los cables: el último día de clases me sentí como un zombi: caminaba por inercia. En las vacaciones no estudié, es cierto, pero la preocupación no me dejó descansar y sin darme cuenta caí en un abismo, en un vacío en el que nada tenía valor.

Me siento solo, profundamente solo. No sé qué hacer, ni a quién acudir. Comenzó un nuevo año, sin mí. Estoy en un limbo. ¿Alguien me puede ayudar?

S. O. S. Por favor...

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