Por Marco Antonio Valencia Calle
valenciacalle@yahoo.com
Cuando Pablo Murillo intentó la reconquista, una de sus primeras acciones fue ordenar que fusilaran a cuanto abogado encontraran, en la pretendida intención de acallar las voces ilustradas de la revolución. Mestizos estudiados que alegaban, como buenos “abogados”, ser españoles por herencia para gozar de privilegios, pero que frente a las injusticias alegaban ser americanos. Los abogados que ya andaban pregonando en espacios públicos que al hombre se le debía castigar por sus delitos y no por su clase social o su condición racial, fueron los primeros en caer.
En los casi 200 años de vida republicana de los colombianos, los abogados han sido protagonistas fundamentales tanto en temas de justicia, como en la creación de la nación a través de la práctica del derecho constitucional. Comenzando por Francisco de Paula Santander, muchos de nuestros logros y pesares políticos como país independiente, se deben a los profesionales del derecho quienes sin pedir permiso se echaron a hombros la organización y orientación política de este país.
En el inventario de atrocidades cometidas por los españoles en la reconquista, además de la persecución a militares y sacerdotes, los abogados fueron los profesionales más golpeados y perseguidos por la monstruosidad de “los pacificadores” que allanaban, expulsaban y mataban en pro de exterminar a quienes clamaban por igualdad y respeto.
El abogado payanes Camilo Torres, quien fuera fusilado en 1816, por ejemplo, fue llamado el Verbo de la Revolución, y su texto “El memorial de agravios”, es el documento que nos permite saber por qué la gente emprendió una revuelta que terminó en una revolución. Un texto de 36 páginas que demandaba la necesidad de igualdad de representación y autonomía de los pueblos americanos. Un documento que hoy es modelo de argumentación académica, y aclara las razones que tenían los criollos para solicitar que nos trataran con dignidad y justicia.
“El memorial” del abogado Camilo Torres, es un documento vigente, y parece una carta escrita hoy para nuestros mandatarios locales, regionales y nacionales, porque las demandas allí expresadas son las mismas que hacemos los ciudadanos a diario en el 2010.
Nos dice, por ejemplo, que el agravio más sensible entre los hombres, es sentir y vivir la exclusión; y que “el atraso cultural” de un pueblo obedece al desconocimiento del gobernante a las practicas que se dan en su territorio. Y que las convocatorias a cargos públicos por elección son importantes porque le brindan oportunidad a gente capaz, en contraste a los que llegan a los cabildos por herencia y o compra del cargo; y que la dependencia de un gobernante a la voluntad de políticas externas es la principal causa de atraso de las naciones.
Qué bueno sería entonces, que nuestros gobernantes de hoy trataran de honrar las deudas políticas que desde hace 200 años se claman en pro de la justicia social a través de un abogado con conciencia social como Camilo Torres Tenorio. Qué bueno que todos los abogados entendieran su papel ancestral de líderes sociales. Qué bueno sería que los abogados entendieran que además de luchar por el bienestar común diariamente, tienen la responsabilidad de ser guardianes de una constitución política nacida de las entrañas del derecho puro, para que “libertad e igualdad”, sean vivencias de verdad… como era el sueño de nuestros patricios y los que dieron la vida por esta nación.
Camilo Torres Tenorio
POPAYÁN 1766-BOGOTÁ 1816
Hijo de don Jerónimo Francisco de Torres y Herreros, castellano establecido en el Nuevo Reino desde mediados del siglo XVIII, y de doña María Teresa Tenorio y Carvajal. Torres fue un afamado jurisconsulto. Su dominio de la oratoria y del derecho lo hicieron muy popular. Respaldó a Bolívar en los años de la lucha por la Independencia. En ejercicio del cargo de asesor del Cabildo redactó en 1809 El memorial de agravios, documento que dio coherencia jurídica a la reclamación por parte de las Colonias de una forma de gobierno que eliminara el sistema de explotación española.*
domingo, 12 de septiembre de 2010
La tía pobre
por/ Marco Antonio Valencia Calle
Viene el presidente Santos y nos dice con franqueza que nos pongamos pilas porque como departamento somos de los más pobres del país y se prenden las alarmas de la estadísticas para confirmar que sí, que somos una región de pobrecitos. Vienen de la China al VIII Festival de Gastronomía y nos dicen que es impresionante el potencial regional que tenemos, que ellos con menos y dos migajas de ingenio salieron de pobres y ahora son potencia mundial. Mejor dicho, que estamos sentados en los laureles de la historia, y estamos viendo pasar los días gloriosos del ayer desde la ventana, como quien ve pasar a una tía pobre y arruinada sin saludarla siquiera.
Una vez fundada Popayán, esta villa se convirtió en hogar predilecto de españoles que convirtieron a la ciudad en la bodega del oro que extraían de las minas cercanas gracias a los negros esclavos y los indios -que en algo ayudaban-, pero no todo el oro lo mandaban a España, sino que mañosamente hicieron sus propias fortunas. Por eso, sin pedirle al rey nada, se dieron a la industria de crear con sus propios recursos conventos, templos, puentes, seminarios, casonas, parques; es decir todo lo que hoy es digno de fotografía y provecho turístico.
Incluso crearon tradiciones como la Semana santa, las procesiones a Belén, los carnavales de negros y blancos, los paseos al río con olla y hasta llenaron las iglesias de pinturas y esculturas artísticas costosas –que deleitan a los turistas. Eso sí, también trajeron buenos libros y profesores para educar a sus hijos. “Estudien si quieren ser alguien en el futuro”, les decían; y a fe que lo fueron. Después de 1810, este grupo de jóvenes fue protagonista grandes logros respondió y varios de ellos hasta la presidencia ocuparon.
Un día se dieron el lujo de traer incluso el tren para sacar productos agrícolas, pero la región no estaba preparada para exportar nada y entonces el tren dejó de venir. Lo peor ocurrió cuando pasamos de ser un departamento de más de 666 mil Km/2, a ser hoy un departamento de 34 mil kilómetros/2 con 42 municipios gobernados por caciques que no tienen ni la más mínima idea de cómo poner a funcionar las máquinas del progreso, y la única empresa que crece es la burocracia.
¿Por qué no progresa el Cauca?, ¿por qué nos rezagamos tanto?, ¿por qué pasamos de región rica a ser los más pobres del continente? La respuesta es sencilla: educación. Los Torres, Caldas, Mosqueras, en fin; los próceres históricos fueron lo que fueron, porque recibieron una educación esmerada y exigente en el Seminario y la Universidad del Cauca. Pero cuando las universidades locales se volvieron negocio con programas flojongos y profesores difusos; y en la calle cuarta con quinta empezaron a regalar títulos para sub-empleados… esto se jodió.
Para salir de la pobreza señores, hay que formar una nueva élite intelectual para el siglo XXI con escuelas, colegios y universidades serias, responsables. Si no, que pena Tía, pero vamos a seguir en las mismas, viéndote pasar en ruinas desde la ventana.
Viene el presidente Santos y nos dice con franqueza que nos pongamos pilas porque como departamento somos de los más pobres del país y se prenden las alarmas de la estadísticas para confirmar que sí, que somos una región de pobrecitos. Vienen de la China al VIII Festival de Gastronomía y nos dicen que es impresionante el potencial regional que tenemos, que ellos con menos y dos migajas de ingenio salieron de pobres y ahora son potencia mundial. Mejor dicho, que estamos sentados en los laureles de la historia, y estamos viendo pasar los días gloriosos del ayer desde la ventana, como quien ve pasar a una tía pobre y arruinada sin saludarla siquiera.
Una vez fundada Popayán, esta villa se convirtió en hogar predilecto de españoles que convirtieron a la ciudad en la bodega del oro que extraían de las minas cercanas gracias a los negros esclavos y los indios -que en algo ayudaban-, pero no todo el oro lo mandaban a España, sino que mañosamente hicieron sus propias fortunas. Por eso, sin pedirle al rey nada, se dieron a la industria de crear con sus propios recursos conventos, templos, puentes, seminarios, casonas, parques; es decir todo lo que hoy es digno de fotografía y provecho turístico.
Incluso crearon tradiciones como la Semana santa, las procesiones a Belén, los carnavales de negros y blancos, los paseos al río con olla y hasta llenaron las iglesias de pinturas y esculturas artísticas costosas –que deleitan a los turistas. Eso sí, también trajeron buenos libros y profesores para educar a sus hijos. “Estudien si quieren ser alguien en el futuro”, les decían; y a fe que lo fueron. Después de 1810, este grupo de jóvenes fue protagonista grandes logros respondió y varios de ellos hasta la presidencia ocuparon.
Un día se dieron el lujo de traer incluso el tren para sacar productos agrícolas, pero la región no estaba preparada para exportar nada y entonces el tren dejó de venir. Lo peor ocurrió cuando pasamos de ser un departamento de más de 666 mil Km/2, a ser hoy un departamento de 34 mil kilómetros/2 con 42 municipios gobernados por caciques que no tienen ni la más mínima idea de cómo poner a funcionar las máquinas del progreso, y la única empresa que crece es la burocracia.
¿Por qué no progresa el Cauca?, ¿por qué nos rezagamos tanto?, ¿por qué pasamos de región rica a ser los más pobres del continente? La respuesta es sencilla: educación. Los Torres, Caldas, Mosqueras, en fin; los próceres históricos fueron lo que fueron, porque recibieron una educación esmerada y exigente en el Seminario y la Universidad del Cauca. Pero cuando las universidades locales se volvieron negocio con programas flojongos y profesores difusos; y en la calle cuarta con quinta empezaron a regalar títulos para sub-empleados… esto se jodió.
Para salir de la pobreza señores, hay que formar una nueva élite intelectual para el siglo XXI con escuelas, colegios y universidades serias, responsables. Si no, que pena Tía, pero vamos a seguir en las mismas, viéndote pasar en ruinas desde la ventana.
DE LA TÍA RICA Y LOS SOBRINOS POBRES
Marco Antonio Valencia Calle
Me escribe el doctor Carlos Cañar Sarria para decirme que mi opinión sobre el atraso del Cauca, (en mi columna de hace 8 días), está fuera de órbita, y argumenta que la pobreza de nuestro departamento no es un problema de educación, sino de políticos incapaces y de un sector empresarial dormido en los laureles. Y tiene razón el doctor Cañar, pero insisto en mi punto, la culpa de todo, el origen del mal, el germen de políticos y empresarios más soñadores que prácticos, está en la deficiente calidad de la educación que han recibido estos señores, una educación que en los últimos 200 años se ha ido desdibujando paulatinamente.
Me dice el Dr. Cañar en su carta que “los políticos de la región no se preparan para asumir su cargo” y eso mi doctor, ¿no es falta de educación para el liderazgo y la gobernabilidad? – Y añade que: “nuestra clase política se dedica a la politiquería, el clientelismo, la burocracia, el cacicazgo y el tejemaneje electorero”; y tiene razón apreciado doctor, pero me pregunto: ¿y eso no es justamente por falta de educación empresarial, ética, moral, filosófica y política?
Me dice el insigne jurista, profesor de derecho, que los caucanos en general estamos “mal representados nacionalmente porque no hay criterios meritocráticos para acceder a los cargos públicos, y en el Cauca se menosprecia el potencial intelectual de muchos en pro de la burocracia producto de la politiquería”. Y sí, es cierto; ¿Pero sabe porqué es así doctor Cañar?, por falta de educación política y ética en los funcionarios. Por falta de formación e información de la gente.
Doctor Cañar, yo conozco mi departamento. A ver le doy la tarea: El departamento del Cauca tiene 42 municipios y cubre 30 mil kilómetros cuadrados de extensión, tiene cerca de dos millones de habitantes, y es privilegiado por tener cinco ecosistemas estratégicos: Pacífico, Piedemonte, Amazónico, Cuenca del Río Páez, Macizo, Paramo y subpáramo. Es un departamento donde convivimos mestizos, negros e indígenas (etnias páez, guambiana, yanaconas e ingas); y su potencial económico está en la agricultura, la pesca, la minería, los sectores energéticos, hidrográficos, culturales y étnicos; y pese a todas estas bondades vivimos en pobreza extrema con muchos hogares donde las necesidades básicas aun están insatisfechas, situación que nos sitúa en el panorama nacional como un departamento de extrema pobreza.
Para alguno, esta pobreza es tan tradicional, como la falta de presencia del Estado en todos los municipios, la falta de una clase dirigente capaz, la posesión de tierras concentrada en pocas haciendas, los altos niveles de corrupción, el clientelismo y la gorda burocracia. Súmenle a lo anterior, los conflictos generados por la presencia de grupos armados como la guerrilla, los paramilitares, grupos de narcotráfico y la delincuencia común.
Entonces Doctor Cañar, el origen de la pobreza del Cauca que según usted está en la pobreza del espíritu nuestros líderes y políticos, yo se lo atribuyo a la pésima educación que el espíritu de estos líderes recibieron. O mejor, a la falta de un proyecto educativo regional que forme los líderes que necesitamos para los problemas que tenemos. Y las universidades… en silencio, en silencio…
Me escribe el doctor Carlos Cañar Sarria para decirme que mi opinión sobre el atraso del Cauca, (en mi columna de hace 8 días), está fuera de órbita, y argumenta que la pobreza de nuestro departamento no es un problema de educación, sino de políticos incapaces y de un sector empresarial dormido en los laureles. Y tiene razón el doctor Cañar, pero insisto en mi punto, la culpa de todo, el origen del mal, el germen de políticos y empresarios más soñadores que prácticos, está en la deficiente calidad de la educación que han recibido estos señores, una educación que en los últimos 200 años se ha ido desdibujando paulatinamente.
Me dice el Dr. Cañar en su carta que “los políticos de la región no se preparan para asumir su cargo” y eso mi doctor, ¿no es falta de educación para el liderazgo y la gobernabilidad? – Y añade que: “nuestra clase política se dedica a la politiquería, el clientelismo, la burocracia, el cacicazgo y el tejemaneje electorero”; y tiene razón apreciado doctor, pero me pregunto: ¿y eso no es justamente por falta de educación empresarial, ética, moral, filosófica y política?
Me dice el insigne jurista, profesor de derecho, que los caucanos en general estamos “mal representados nacionalmente porque no hay criterios meritocráticos para acceder a los cargos públicos, y en el Cauca se menosprecia el potencial intelectual de muchos en pro de la burocracia producto de la politiquería”. Y sí, es cierto; ¿Pero sabe porqué es así doctor Cañar?, por falta de educación política y ética en los funcionarios. Por falta de formación e información de la gente.
Doctor Cañar, yo conozco mi departamento. A ver le doy la tarea: El departamento del Cauca tiene 42 municipios y cubre 30 mil kilómetros cuadrados de extensión, tiene cerca de dos millones de habitantes, y es privilegiado por tener cinco ecosistemas estratégicos: Pacífico, Piedemonte, Amazónico, Cuenca del Río Páez, Macizo, Paramo y subpáramo. Es un departamento donde convivimos mestizos, negros e indígenas (etnias páez, guambiana, yanaconas e ingas); y su potencial económico está en la agricultura, la pesca, la minería, los sectores energéticos, hidrográficos, culturales y étnicos; y pese a todas estas bondades vivimos en pobreza extrema con muchos hogares donde las necesidades básicas aun están insatisfechas, situación que nos sitúa en el panorama nacional como un departamento de extrema pobreza.
Para alguno, esta pobreza es tan tradicional, como la falta de presencia del Estado en todos los municipios, la falta de una clase dirigente capaz, la posesión de tierras concentrada en pocas haciendas, los altos niveles de corrupción, el clientelismo y la gorda burocracia. Súmenle a lo anterior, los conflictos generados por la presencia de grupos armados como la guerrilla, los paramilitares, grupos de narcotráfico y la delincuencia común.
Entonces Doctor Cañar, el origen de la pobreza del Cauca que según usted está en la pobreza del espíritu nuestros líderes y políticos, yo se lo atribuyo a la pésima educación que el espíritu de estos líderes recibieron. O mejor, a la falta de un proyecto educativo regional que forme los líderes que necesitamos para los problemas que tenemos. Y las universidades… en silencio, en silencio…
domingo, 27 de junio de 2010
EL SINDROME DE VIEJOS
por Marco Antonio Valencia Calle
Hace un par de semanas me bajaron a sombrerazos de un escenario por referirme a la edad de las personas. Resulta que, por razones de formación personal en colegios y universidades públicas con dos postgrados en Europa, por educación con papá y mamá en convivencia con mis abuelitos nonagenarios que nunca niegan la edad, y con una personalidad libre de hipocresías; nunca, pero nunca, me ha parecido que cumplir años, envejecer, llegar a la tercera edad, tener arrugas o canas, y todas esas cosas que le pasan a uno por el paso de los años sean un delito, o en el peor de los casos una vergüenza a esconder. En mi familia hablar de cuántos años tenemos no es motivo de traumas, enojos o miedos contenidos, como si le ocurre a algunas viejas amistades que tengo. Es más, hasta me parece rico escuchar en el lenguaje cotidiano y cariñoso de las urbes decir “esa vieja” por “esa mujer”. Pero bueno, todos no pensamos así y pocos tienen la oportunidad de una educación libre de ataduras mentales y vanidades obtusas.
Les sigo contando: estaba en el atril, leyendo un decreto de reconocimiento “a personas que a pesar de tener más de sesenta años siguen laborando con honores”. ¡Y allí fue Troya! Cuando dije las palabras “sesenta años” el auditorio, al unísono comenzó a reírse, y en mi ingenuidad pensé que se me había caído la peluca, o que a Horacio Dorado –que nunca supe porque estaba allí, pero le consta lo que digo-, se le había caído la caja de dientes ¡pero no! Se reían porque dije “personas de más de sesenta años”. Decir eso fue un chiste el cual todavía no entiendo y por más esfuerzo que hago no me produce risa… y por eso que ahora ando detrás de Mockus a ver si con sus lógicas ilógicas me lo explica con plastilina, no vayan a creer otra cosa. Pero el asunto no paró allí, enseguida como por arte de “las fuerzas de seguridad de las apariencias” (nada que ver con las fuerzas de la seguridad democrática), me saltaron un par gendarmes de la belleza y la juventud, y me bajaron del escenario con el mayor de los irrespetos por un hombre viejo como yo, que ya tiene canas hasta el bastón de las ganas.
Una vieja amiga muy querida ella, dueña de una cooperativa, un poco salida de tono, me gritaba cosas que me repican en el oído a pesar de los días, y que nunca entendí por la risa de los otros, pero supongo que me decía “ignorante, a la gente no se le recuerda la edad, es de mala educación hablar de la edad, y esas cosas”. Ahora en casa, he consultado al Dr. Google y me dice que en las normas de urbanidad y protocolo hablar de la edad no es malo, ni pecado, ni delito en ningún país del mundo. Pero como un sabio ciego que se las sabe todas, el Dr. Google me recuerda que la vanidad no tiene límites, y por vanidad no se menciona la edad. Incluso me recuerda, para mi tranquilidad, que si por la vanidad la gente es capaz de ir a un cirujano plástico para quitarse las arrugas, ¿qué no son capaces de hacer para acallar a los que mencionan el pasar de los años?
Con los años que tengo, estas anécdotas me producen risa. Uno llega a una edad que está por encima de las taras sociales dice Horacio. Y como buen viejo, después de la impotencia, el mal aliento y la tensión alta que me abordan, solo me queda reírme de las anécdotas que viví, y de la vanidad de mis viejos amigos que no van donde el cardiólogo sino donde los cirujanos plásticos y los peluqueros a ver cómo pueden plancharse y lavarse las arrugas.
NOTA: En tiempos de crisis personal y política, mi solidaridad, afecto y lealtad al Dr. Guillermo Alberto González Mosquera, Gobernador del departamento del Cauca.
Hace un par de semanas me bajaron a sombrerazos de un escenario por referirme a la edad de las personas. Resulta que, por razones de formación personal en colegios y universidades públicas con dos postgrados en Europa, por educación con papá y mamá en convivencia con mis abuelitos nonagenarios que nunca niegan la edad, y con una personalidad libre de hipocresías; nunca, pero nunca, me ha parecido que cumplir años, envejecer, llegar a la tercera edad, tener arrugas o canas, y todas esas cosas que le pasan a uno por el paso de los años sean un delito, o en el peor de los casos una vergüenza a esconder. En mi familia hablar de cuántos años tenemos no es motivo de traumas, enojos o miedos contenidos, como si le ocurre a algunas viejas amistades que tengo. Es más, hasta me parece rico escuchar en el lenguaje cotidiano y cariñoso de las urbes decir “esa vieja” por “esa mujer”. Pero bueno, todos no pensamos así y pocos tienen la oportunidad de una educación libre de ataduras mentales y vanidades obtusas.
Les sigo contando: estaba en el atril, leyendo un decreto de reconocimiento “a personas que a pesar de tener más de sesenta años siguen laborando con honores”. ¡Y allí fue Troya! Cuando dije las palabras “sesenta años” el auditorio, al unísono comenzó a reírse, y en mi ingenuidad pensé que se me había caído la peluca, o que a Horacio Dorado –que nunca supe porque estaba allí, pero le consta lo que digo-, se le había caído la caja de dientes ¡pero no! Se reían porque dije “personas de más de sesenta años”. Decir eso fue un chiste el cual todavía no entiendo y por más esfuerzo que hago no me produce risa… y por eso que ahora ando detrás de Mockus a ver si con sus lógicas ilógicas me lo explica con plastilina, no vayan a creer otra cosa. Pero el asunto no paró allí, enseguida como por arte de “las fuerzas de seguridad de las apariencias” (nada que ver con las fuerzas de la seguridad democrática), me saltaron un par gendarmes de la belleza y la juventud, y me bajaron del escenario con el mayor de los irrespetos por un hombre viejo como yo, que ya tiene canas hasta el bastón de las ganas.
Una vieja amiga muy querida ella, dueña de una cooperativa, un poco salida de tono, me gritaba cosas que me repican en el oído a pesar de los días, y que nunca entendí por la risa de los otros, pero supongo que me decía “ignorante, a la gente no se le recuerda la edad, es de mala educación hablar de la edad, y esas cosas”. Ahora en casa, he consultado al Dr. Google y me dice que en las normas de urbanidad y protocolo hablar de la edad no es malo, ni pecado, ni delito en ningún país del mundo. Pero como un sabio ciego que se las sabe todas, el Dr. Google me recuerda que la vanidad no tiene límites, y por vanidad no se menciona la edad. Incluso me recuerda, para mi tranquilidad, que si por la vanidad la gente es capaz de ir a un cirujano plástico para quitarse las arrugas, ¿qué no son capaces de hacer para acallar a los que mencionan el pasar de los años?
Con los años que tengo, estas anécdotas me producen risa. Uno llega a una edad que está por encima de las taras sociales dice Horacio. Y como buen viejo, después de la impotencia, el mal aliento y la tensión alta que me abordan, solo me queda reírme de las anécdotas que viví, y de la vanidad de mis viejos amigos que no van donde el cardiólogo sino donde los cirujanos plásticos y los peluqueros a ver cómo pueden plancharse y lavarse las arrugas.
NOTA: En tiempos de crisis personal y política, mi solidaridad, afecto y lealtad al Dr. Guillermo Alberto González Mosquera, Gobernador del departamento del Cauca.
EL ENTUSIASMO VIVIDO
por Marco Antonio Valencia Calle
La experiencia de coordinar los eventos del bicentenario en el departamento del Cauca ha sido grata y emocionante. Cada que tenemos la posibilidad de visitar uno de los 41 municipios para participar en un evento Bicentenario, vivir el entusiasmo y alegría de la gente por los temas de identidad, cultura e historia, nos erizan la piel y hacen vibrar el corazón.
A los caucanos nos gusta saber, hablar y reconocer aspectos fundamentales sobre nuestros antepasados; debatir y compartir las historias de la fundación de nuestros pueblos, abordar preguntas fundamentales sobre las gestas libradas en nuestro territorio y queremos conocer a los personajes que han hecho brillar el buen nombre “de la tierra” ante propios y extraños.
El entusiasmo por el bicentenario se nota cuando en las escuelas y colegios las paredes se llenan de carteleras, lábaros y pasacalles alusivas a los personajes, próceres y hechos que hacen parte de nuestro grito de la independencia hace 200 años; o cuando se realizan jornadas especiales para explicar la letra o repasar la entonación de los himnos del municipio, el departamento y por supuesto, el himno nacional.
El entusiasmo colectivo se vive cuando se cita a la gente para una conferencia, un reconocimiento o un evento cultural a nombre del Bicentenario de la Independencia de Colombia. Los auditorios se llenan, las emisoras y canales de televisión locales están pendientes de todos los detalles, las autoridades asisten con disposición, los pobladores llegan con sus mejores galas y con preguntas que hacen temblar a los conferencistas, y se arman debates acalorados que terminan en el parque, las aulas y los hogares, como si fueran asuntos de hoy. Cada discurso, cada conferencia de historia, es otro punto de vista de ver y revisar lo que sabemos. Y la gente en los pueblos no come entero: en cada pueblo se realizan aportes valiosos sobre asuntos no debatidos o no develados por la bibliografía oficial.
En los pueblos del Cauca sacar una bandera, cantar un himno, realizar una ofrenda, una misa o una marcha, es un hecho de orgullo patrio para todos. Presentar una exposición pictórica o una obra teatral, es un acto colectivo de estudio, crítica y reunión de familias enteras. Una jornada cultural de bailes, cine, cuentearía o teatro alrededor del bicentenario convoca gratamente. Los Comités Bicentenarios, organizado por los alcaldes, a largo del departamento hacen su tarea.
Quisiera nombrar todas las experiencias vividdas, pero por espacio, quiero destacar algunos: En Bolívar el auditorio se llenó de lágrimas cuando se presentó un libro sobre Domingo Belisario Gómez, el cura fundador de este municipio; en Silvia se nos llenó el corazón de orgullo cuando indígenas interpretaron el himno nacional en su lengua nativa, en Caldono almorzamos con alimentos que se cocían hace 200 años en una muestra gastronómica refinada y llena de historias orales; en Sotará se nos iluminó el corazón al ver a los niños y niñas de los colegios vestidos con atuendos propios de la época y disfrazados de Torres, Ulloa, Nariño, Santander y Bolívar entre otros, en torno a la recuperación del molino del Sabio Caldas en un evento sin precedentes; En el Tambo ya hay más de dos mil niños trabajando en dibujos y pinturas alusivas al tema del Bicentenario y hemos visitado ya dos colegios con jornadas de poesía. En Timbio se realizó un Encuentro Regional de escritores con 42 autores de 7 municipios que derrocharon versos ante más de 1300 estudiantes; En Caloto se inició la “Cátedra Caloto” alrededor de la figura mítica de Obando y la Academia de Historia ha sido notable en sus contribuciones históricas. En el barrio El Empedrado, de Popayán, más de sesenta personas entre pobladores y estudiantes universitarios pintaron un Mural colectivo de una cuadra en los exteriores del colegio Cristo Rey que nos llena de orgullo y felicidad patria (ver más en: www.bicentenariocauca.blogspot.com)
Y así, a la fecha hemos realizado más de 132 eventos, que por pequeños que sean, son loables e importantes para los propósitos de educación y cultura que tiene conmemorar y celebrar el bicentenario.
Ahora, todos los municipios se aprestan a celebrar la jornada del 20 de julio como debe ser, porque en el Cauca nos sentimos orgullos de lo que somos y vivimos, y estamos celebrando con emoción sentida el Bicentenario del grito de nuestra independencia.
La experiencia de coordinar los eventos del bicentenario en el departamento del Cauca ha sido grata y emocionante. Cada que tenemos la posibilidad de visitar uno de los 41 municipios para participar en un evento Bicentenario, vivir el entusiasmo y alegría de la gente por los temas de identidad, cultura e historia, nos erizan la piel y hacen vibrar el corazón.
A los caucanos nos gusta saber, hablar y reconocer aspectos fundamentales sobre nuestros antepasados; debatir y compartir las historias de la fundación de nuestros pueblos, abordar preguntas fundamentales sobre las gestas libradas en nuestro territorio y queremos conocer a los personajes que han hecho brillar el buen nombre “de la tierra” ante propios y extraños.
El entusiasmo por el bicentenario se nota cuando en las escuelas y colegios las paredes se llenan de carteleras, lábaros y pasacalles alusivas a los personajes, próceres y hechos que hacen parte de nuestro grito de la independencia hace 200 años; o cuando se realizan jornadas especiales para explicar la letra o repasar la entonación de los himnos del municipio, el departamento y por supuesto, el himno nacional.
El entusiasmo colectivo se vive cuando se cita a la gente para una conferencia, un reconocimiento o un evento cultural a nombre del Bicentenario de la Independencia de Colombia. Los auditorios se llenan, las emisoras y canales de televisión locales están pendientes de todos los detalles, las autoridades asisten con disposición, los pobladores llegan con sus mejores galas y con preguntas que hacen temblar a los conferencistas, y se arman debates acalorados que terminan en el parque, las aulas y los hogares, como si fueran asuntos de hoy. Cada discurso, cada conferencia de historia, es otro punto de vista de ver y revisar lo que sabemos. Y la gente en los pueblos no come entero: en cada pueblo se realizan aportes valiosos sobre asuntos no debatidos o no develados por la bibliografía oficial.
En los pueblos del Cauca sacar una bandera, cantar un himno, realizar una ofrenda, una misa o una marcha, es un hecho de orgullo patrio para todos. Presentar una exposición pictórica o una obra teatral, es un acto colectivo de estudio, crítica y reunión de familias enteras. Una jornada cultural de bailes, cine, cuentearía o teatro alrededor del bicentenario convoca gratamente. Los Comités Bicentenarios, organizado por los alcaldes, a largo del departamento hacen su tarea.
Quisiera nombrar todas las experiencias vividdas, pero por espacio, quiero destacar algunos: En Bolívar el auditorio se llenó de lágrimas cuando se presentó un libro sobre Domingo Belisario Gómez, el cura fundador de este municipio; en Silvia se nos llenó el corazón de orgullo cuando indígenas interpretaron el himno nacional en su lengua nativa, en Caldono almorzamos con alimentos que se cocían hace 200 años en una muestra gastronómica refinada y llena de historias orales; en Sotará se nos iluminó el corazón al ver a los niños y niñas de los colegios vestidos con atuendos propios de la época y disfrazados de Torres, Ulloa, Nariño, Santander y Bolívar entre otros, en torno a la recuperación del molino del Sabio Caldas en un evento sin precedentes; En el Tambo ya hay más de dos mil niños trabajando en dibujos y pinturas alusivas al tema del Bicentenario y hemos visitado ya dos colegios con jornadas de poesía. En Timbio se realizó un Encuentro Regional de escritores con 42 autores de 7 municipios que derrocharon versos ante más de 1300 estudiantes; En Caloto se inició la “Cátedra Caloto” alrededor de la figura mítica de Obando y la Academia de Historia ha sido notable en sus contribuciones históricas. En el barrio El Empedrado, de Popayán, más de sesenta personas entre pobladores y estudiantes universitarios pintaron un Mural colectivo de una cuadra en los exteriores del colegio Cristo Rey que nos llena de orgullo y felicidad patria (ver más en: www.bicentenariocauca.blogspot.com)
Y así, a la fecha hemos realizado más de 132 eventos, que por pequeños que sean, son loables e importantes para los propósitos de educación y cultura que tiene conmemorar y celebrar el bicentenario.
Ahora, todos los municipios se aprestan a celebrar la jornada del 20 de julio como debe ser, porque en el Cauca nos sentimos orgullos de lo que somos y vivimos, y estamos celebrando con emoción sentida el Bicentenario del grito de nuestra independencia.
EN LA MUERTE DE MI ABUELO
Marco Antonio Valencia Calle
El ángel de la Muerte visitó mi familia el pasado fin de semana. Vino por mi abuelo Germán Calle Giraldo, y aunque todos estábamos advertidos de su presencia merodeando su cama, no deja de ser un impacto estremecedor que uno de los nuestros fallezca, y la tristeza ha corrido como lluvia por los ojos de allegados y herederos.
Muere a los 90 años por voluntad propia, digo yo, pues hace 15 días dejó de comer y no hubo poder médico ni consejo humano que lo hiciera cambiar de opinión. Decía que desde joven, la muerte siempre lo miraba vigilante “pero no se atreve a tocarme porque en mi boca tengo el Salmo 91”. En su historia de trotamundos contaba que en 35 años de viajero cientos de veces peligró su vida en el sinnúmero de travesías que hizo por Colombia pero nunca le pasó nada grave. Él mismo se aterraba por los años vividos, y cuando los dolores del cuerpo y del alma le quemaban el pecho preguntaba por la muerte, nunca por un médico. Muchas veces le escuché decir que “El secreto para vivir mucho, es no tener miedo a morir y tener a la mano el Salmo 91”.
Pero su corazón de viajero no soportó quedarse enfermo en una cama, y comenzó a soñar con las emociones del Viaje Eterno, y sin preguntarle a nadie, tal vez sin él mismo darse cuenta, se preparó para la nueva aventura. Se volvió cristiano practicante, se leyó La Biblia completa varias veces como si fuera un manual para viajeros, y se encerró en su cuarto a orar y meditar de rodillas como un santo hasta que se sintió de espíritu liviano. Cuando salió de sus meditaciones, nos pidió perdón a todos por los abandonos y desaciertos, y sentado en la sala comenzó a vigilar el comportamiento de la familia como tratando de adivinar los horizontes y avatares de su descendencia, o quizá… atrapando recuerdos para su nuevo viaje.
Murió en casa, en su cama, rodeado de sus hijas, un enfermero y el Ángel de la buena Muerte mirando como el viejo le renovó su amor a mi abuela Carola, mientras le agradecía y le pedía perdón –una y otra vez-, por tantas equivocaciones...
El viejo comprendió, después de tanto viajar, de tantos malabares y hazañas por ríos y carreteras en búsqueda de Dorados y fabulas de ilusiones, que el único lugar donde vale la pena vivir es en el corazón del ser amado, en la tierra donde están los hijos, en el regazo de la familia.
Con la profunda ausencia que la muerte de un ser tan cercano nos deja, pienso en esta gran lección de amor y perdón que mis abuelos nos brindan.
“Germán y Carola”, después de 70 años de amores, 7 hijos, más de 20 nietos y una historia de incertidumbres, nos han enseñado que el amor “hasta que la muerte nos separe” es posible; que hay que luchar por el amor porque en el reino de los sentimientos nada es fácil; pero sobre todo, que hay que saber pedir perdón y perdonar a tiempo… antes que el Ángel de la Muerte ponga sus ojos sobre nosotros… y no todos vamos a tener la suerte de vivir 90 años, a menos que lo del Salmo 91 sea verdad, y al leerlo todos los días estemos fuera de todo mal y peligro.
Nota: Paz en tu tumba abuelo. Gracias en nombre de la familia Calle Martínez por el acompañamiento y mensajes de condolencia. Gracias al enfermero Ever Salamanca de la Fundación “Sabemos cuidar” por su esmerada asistencia.
El ángel de la Muerte visitó mi familia el pasado fin de semana. Vino por mi abuelo Germán Calle Giraldo, y aunque todos estábamos advertidos de su presencia merodeando su cama, no deja de ser un impacto estremecedor que uno de los nuestros fallezca, y la tristeza ha corrido como lluvia por los ojos de allegados y herederos.
Muere a los 90 años por voluntad propia, digo yo, pues hace 15 días dejó de comer y no hubo poder médico ni consejo humano que lo hiciera cambiar de opinión. Decía que desde joven, la muerte siempre lo miraba vigilante “pero no se atreve a tocarme porque en mi boca tengo el Salmo 91”. En su historia de trotamundos contaba que en 35 años de viajero cientos de veces peligró su vida en el sinnúmero de travesías que hizo por Colombia pero nunca le pasó nada grave. Él mismo se aterraba por los años vividos, y cuando los dolores del cuerpo y del alma le quemaban el pecho preguntaba por la muerte, nunca por un médico. Muchas veces le escuché decir que “El secreto para vivir mucho, es no tener miedo a morir y tener a la mano el Salmo 91”.
Pero su corazón de viajero no soportó quedarse enfermo en una cama, y comenzó a soñar con las emociones del Viaje Eterno, y sin preguntarle a nadie, tal vez sin él mismo darse cuenta, se preparó para la nueva aventura. Se volvió cristiano practicante, se leyó La Biblia completa varias veces como si fuera un manual para viajeros, y se encerró en su cuarto a orar y meditar de rodillas como un santo hasta que se sintió de espíritu liviano. Cuando salió de sus meditaciones, nos pidió perdón a todos por los abandonos y desaciertos, y sentado en la sala comenzó a vigilar el comportamiento de la familia como tratando de adivinar los horizontes y avatares de su descendencia, o quizá… atrapando recuerdos para su nuevo viaje.
Murió en casa, en su cama, rodeado de sus hijas, un enfermero y el Ángel de la buena Muerte mirando como el viejo le renovó su amor a mi abuela Carola, mientras le agradecía y le pedía perdón –una y otra vez-, por tantas equivocaciones...
El viejo comprendió, después de tanto viajar, de tantos malabares y hazañas por ríos y carreteras en búsqueda de Dorados y fabulas de ilusiones, que el único lugar donde vale la pena vivir es en el corazón del ser amado, en la tierra donde están los hijos, en el regazo de la familia.
Con la profunda ausencia que la muerte de un ser tan cercano nos deja, pienso en esta gran lección de amor y perdón que mis abuelos nos brindan.
“Germán y Carola”, después de 70 años de amores, 7 hijos, más de 20 nietos y una historia de incertidumbres, nos han enseñado que el amor “hasta que la muerte nos separe” es posible; que hay que luchar por el amor porque en el reino de los sentimientos nada es fácil; pero sobre todo, que hay que saber pedir perdón y perdonar a tiempo… antes que el Ángel de la Muerte ponga sus ojos sobre nosotros… y no todos vamos a tener la suerte de vivir 90 años, a menos que lo del Salmo 91 sea verdad, y al leerlo todos los días estemos fuera de todo mal y peligro.
Nota: Paz en tu tumba abuelo. Gracias en nombre de la familia Calle Martínez por el acompañamiento y mensajes de condolencia. Gracias al enfermero Ever Salamanca de la Fundación “Sabemos cuidar” por su esmerada asistencia.
LA PROSPERIDAD DEMOCRÁTICA (1)
Por Marco Antonio Valencia Calle
¿Será posible un país donde podamos confiar en la buena fe de los funcionarios, creer en nuestros dirigentes y tener actitud positiva frente al Estado? ¿Será posible que desde la prensa podamos ayudar a sembrar prosperidad democrática sin falsos positivos? ¿Será posible que los candidatos a corporaciones locales usen un lenguaje moderado y sin hecatombes verbales?
Elegido un nuevo presidente convendría para la sanidad espiritual de la patria realizar comentarios propositivos frente al futuro y al destino que nosotros mismos construimos. Y ojo, que no estoy abogando por una opinión de bolsillo, ni por autocensuras, ni pido ojos cerrados para las indelicadezas que corrompen la sal. Solo que estoy pensando que una actitud más sana a la hora de opinar podría contribuir a la construcción de prosperidad que Santos nos propone.
Los dirigentes políticos regionales y columnistas de prensa estamos acostumbrados a opinar desde las barricadas del escritorio con denuncias de presunción y ataques personalistas ¿Será mucho pedir que cambiemos el discurso en pro de una re-construcción moral del país y sus ciudadanos?
Tal vez la tarea difícil, pero deberíamos intentarlo. Tener una mirada positiva de los acontecimientos y sucesos políticos requiere un mayor esfuerzo intelectual, es cierto; pero un pueblo como el nuestro, que ha sufrido tanto, necesita confianza. ¿Acaso un presidente hablando de “prosperidad, seguridad y trabajo” no representa una oportunidad para comenzar a cambiar los ánimos generalizados?
Claro que hay que denunciar y criticar las equivocaciones de los mandatarios locales y nacionales, porque al fin y al cabo la política es de seres humanos donde el yerro, la experimentación, el riesgo, el olvido, la improvisación y la estupidez hacen parte de nuestra forma de ser y actuar… y la costumbre de hablar mal de los políticos subsiste, pero frente al anuncio de “la prosperidad” que hizo el nuevo presidente propongo discursear con argumentos y hacer periodismo sobre lo bueno que pasa, porque lo bueno también es importante, nos da orgullo y ganas de hacer patria.
La democracia da espacios para la crítica de plaza pública, la denuncia de micrófono y la prensa escrita, pero deberíamos sintonizarnos para ejercerla de manera propositiva por el bien del país. No se trata de cepillar al presidente y funcionarios de alcaldías y gobernaciones, no.
El llamado es a ganar espacios políticos y periodísticos para mirar lo bueno, aportar a la esperanza y al optimismo, sin menospreciar la validez y necesidad de la oposición crítica, reflexiva y deliberante; porque si algo nos quedó claro de las pasadas elecciones presidenciales es que la gente quiere y sueña con “esperanza, confianza y seguridad”, pero dichos postulados además de un presidente carismático y de nuevos gobernantes locales para su realización, requiere apoyo ciudadano; y tal vez, digo.. tal vez, quienes tenemos el uso de la palabra pública podamos contribuir a ello. ¿Será mucho pedir?
¿Será posible un país donde podamos confiar en la buena fe de los funcionarios, creer en nuestros dirigentes y tener actitud positiva frente al Estado? ¿Será posible que desde la prensa podamos ayudar a sembrar prosperidad democrática sin falsos positivos? ¿Será posible que los candidatos a corporaciones locales usen un lenguaje moderado y sin hecatombes verbales?
Elegido un nuevo presidente convendría para la sanidad espiritual de la patria realizar comentarios propositivos frente al futuro y al destino que nosotros mismos construimos. Y ojo, que no estoy abogando por una opinión de bolsillo, ni por autocensuras, ni pido ojos cerrados para las indelicadezas que corrompen la sal. Solo que estoy pensando que una actitud más sana a la hora de opinar podría contribuir a la construcción de prosperidad que Santos nos propone.
Los dirigentes políticos regionales y columnistas de prensa estamos acostumbrados a opinar desde las barricadas del escritorio con denuncias de presunción y ataques personalistas ¿Será mucho pedir que cambiemos el discurso en pro de una re-construcción moral del país y sus ciudadanos?
Tal vez la tarea difícil, pero deberíamos intentarlo. Tener una mirada positiva de los acontecimientos y sucesos políticos requiere un mayor esfuerzo intelectual, es cierto; pero un pueblo como el nuestro, que ha sufrido tanto, necesita confianza. ¿Acaso un presidente hablando de “prosperidad, seguridad y trabajo” no representa una oportunidad para comenzar a cambiar los ánimos generalizados?
Claro que hay que denunciar y criticar las equivocaciones de los mandatarios locales y nacionales, porque al fin y al cabo la política es de seres humanos donde el yerro, la experimentación, el riesgo, el olvido, la improvisación y la estupidez hacen parte de nuestra forma de ser y actuar… y la costumbre de hablar mal de los políticos subsiste, pero frente al anuncio de “la prosperidad” que hizo el nuevo presidente propongo discursear con argumentos y hacer periodismo sobre lo bueno que pasa, porque lo bueno también es importante, nos da orgullo y ganas de hacer patria.
La democracia da espacios para la crítica de plaza pública, la denuncia de micrófono y la prensa escrita, pero deberíamos sintonizarnos para ejercerla de manera propositiva por el bien del país. No se trata de cepillar al presidente y funcionarios de alcaldías y gobernaciones, no.
El llamado es a ganar espacios políticos y periodísticos para mirar lo bueno, aportar a la esperanza y al optimismo, sin menospreciar la validez y necesidad de la oposición crítica, reflexiva y deliberante; porque si algo nos quedó claro de las pasadas elecciones presidenciales es que la gente quiere y sueña con “esperanza, confianza y seguridad”, pero dichos postulados además de un presidente carismático y de nuevos gobernantes locales para su realización, requiere apoyo ciudadano; y tal vez, digo.. tal vez, quienes tenemos el uso de la palabra pública podamos contribuir a ello. ¿Será mucho pedir?
lunes, 21 de junio de 2010
SANTOS EL MAESTRO, MOCKUS EL APRENDIZ
POR Marco Antonio Valencia Calle
Las elecciones presidenciales nos dejan varias enseñanzas. Los días que Mockus dijo tener una enfermedad y nombró a su vicepresidente por ser un hombre académico, subió en las encuestas; pero así mismo, los días que metió la pata (¿metió la lengua?) en temas sensibles para el electorado, dilapidó los votos que finalmente le hicieron perder las elecciones.
Sobre las propuestas y el comportamiento de Mockus tenemos que decir que a la gente no le gustan los discursos donde se hable de “saltos al vacío”; al contrario, se necesita y se requiere gobernantes sensatos que nos den la sensación de estabilidad. No se puede salir a exponer programas de gobierno que nos hagan pensar que los avatares del país se resolverán con experimentos del día a día, como si la política fundamental orientada ya por nuestra constitución, fueran fiestas de pueblo donde se puede torear a la loca en corralejas improvisadas.
El viejo dicho de “por la boca muere el pez”, es la gran lección política que nos deja el candidato verde. Mockus se fue de lengua ninguneando el trabajo de los médicos, y eso causó horror, porque justamente el país en este momento tiene su peor crisis en el sector de la salud. Y lo que se espera, además de la total reforma a la Ley 100, es que los profesionales de la salud estén mejor remunerados para que presten un mejor servicio.
Colombia es un país de gente devota. El día que Mockus confesó su falta de creencia y de prácticas religiosas, perdió cientos de votos. La gente del común tiene como el eje de esperanzas a Dios para la solución de sus problemas frente a las desidias del sistema y la imperfección de la democracia… y un hombre que no cree en Dios, deja mucho que desear y produce una sensación de orfandad, porque de seguro no tiene ni piedad, ni miedos.
Mockus le apostó a los “primi-votantes”, o a los votos de los universitarios. Fórmula que ya había ensayado Fajardo sin éxito, y se comprobó una vez más que los sardinos no votan, que sus compromisos no son serios, que su bulla no pasa de las emociones pasajeras de cuatro pelagatos, porque la mayoría no tiene sentido de pertenencia, y el lema de sus vidas van por los caminos del “nomeimportismo y la aberración a lo gubernamental” como si el país no fuera de ellos. (Si la bulla política de los estudiantes fuera real, este país sería comunista hace rato por cuenta de la JUCO).
Los elementos para la fórmula ganadora fueron hacer hablar a Mockus más de la cuenta sobre temas claves para que se quemara solito; pero sobre todo, hacerle creer a él y sus asesores, que lo que se veía en internet a través de facebook, era una realidad y no una virtualidad.
A Santos, le valió pregonar la seguridad y estabilidad que hoy tenemos. Al común de la gente le da miedo el cambio y prefiere “viejo conocido que nuevo por conocer”. Esperemos pues, que llegué “la prosperidad democrática”, con una verdadera “oposición reflexiva” de parte de sus contradictores para ayudar a gobernar desde la crítica sana y con veeduría eficaz; pero eso sí, con garantías plenas en un Estado de Derecho inspirado en la Tercera Vía de Tony Blair, libro al que parece, tenemos que volver los ojos y comenzar a leer, para saber lo que nos espera.
Las elecciones presidenciales nos dejan varias enseñanzas. Los días que Mockus dijo tener una enfermedad y nombró a su vicepresidente por ser un hombre académico, subió en las encuestas; pero así mismo, los días que metió la pata (¿metió la lengua?) en temas sensibles para el electorado, dilapidó los votos que finalmente le hicieron perder las elecciones.
Sobre las propuestas y el comportamiento de Mockus tenemos que decir que a la gente no le gustan los discursos donde se hable de “saltos al vacío”; al contrario, se necesita y se requiere gobernantes sensatos que nos den la sensación de estabilidad. No se puede salir a exponer programas de gobierno que nos hagan pensar que los avatares del país se resolverán con experimentos del día a día, como si la política fundamental orientada ya por nuestra constitución, fueran fiestas de pueblo donde se puede torear a la loca en corralejas improvisadas.
El viejo dicho de “por la boca muere el pez”, es la gran lección política que nos deja el candidato verde. Mockus se fue de lengua ninguneando el trabajo de los médicos, y eso causó horror, porque justamente el país en este momento tiene su peor crisis en el sector de la salud. Y lo que se espera, además de la total reforma a la Ley 100, es que los profesionales de la salud estén mejor remunerados para que presten un mejor servicio.
Colombia es un país de gente devota. El día que Mockus confesó su falta de creencia y de prácticas religiosas, perdió cientos de votos. La gente del común tiene como el eje de esperanzas a Dios para la solución de sus problemas frente a las desidias del sistema y la imperfección de la democracia… y un hombre que no cree en Dios, deja mucho que desear y produce una sensación de orfandad, porque de seguro no tiene ni piedad, ni miedos.
Mockus le apostó a los “primi-votantes”, o a los votos de los universitarios. Fórmula que ya había ensayado Fajardo sin éxito, y se comprobó una vez más que los sardinos no votan, que sus compromisos no son serios, que su bulla no pasa de las emociones pasajeras de cuatro pelagatos, porque la mayoría no tiene sentido de pertenencia, y el lema de sus vidas van por los caminos del “nomeimportismo y la aberración a lo gubernamental” como si el país no fuera de ellos. (Si la bulla política de los estudiantes fuera real, este país sería comunista hace rato por cuenta de la JUCO).
Los elementos para la fórmula ganadora fueron hacer hablar a Mockus más de la cuenta sobre temas claves para que se quemara solito; pero sobre todo, hacerle creer a él y sus asesores, que lo que se veía en internet a través de facebook, era una realidad y no una virtualidad.
A Santos, le valió pregonar la seguridad y estabilidad que hoy tenemos. Al común de la gente le da miedo el cambio y prefiere “viejo conocido que nuevo por conocer”. Esperemos pues, que llegué “la prosperidad democrática”, con una verdadera “oposición reflexiva” de parte de sus contradictores para ayudar a gobernar desde la crítica sana y con veeduría eficaz; pero eso sí, con garantías plenas en un Estado de Derecho inspirado en la Tercera Vía de Tony Blair, libro al que parece, tenemos que volver los ojos y comenzar a leer, para saber lo que nos espera.
lunes, 24 de mayo de 2010
POPAYAN EN FUTURAMA
No todos los cócteles son aburridos. Alrededor de un whisky se suele hablar de frivolidades de fútbol, política y mujeres. Es común, incluso, que alrededor del fútbol y la política se hagan apuestas y se agiten pollas...
La semana pasada estuve en un cóctel. Iba predispuesto a aburrirme como una ostra, pero no. Corrí con suerte en quedar atrapado en un corrillo de arquitectos que no hablaban de política, ni de futbol ni de mujeres (tan raro ¿no?); y el tema que los “animaba” eran los dibujos “animados”. Llegué justo cuando reían del culito amarrillo de Bart Simpson (nada que ver con el culito verde de Mockus, que ni siquiera nombraron); y luego comentaron la serie “Futurama”. Entonces metí la cucharada e invité a imaginar la ciudad de Popayán en el Tricentenario de la independencia.
Todos volvieron a mirarme y alguien preguntó en voz baja –pero que escuché-: “y este de cuál closet salió”. Para lo cual tuve que aclararles que la puerta a mi espalda no era un closet, sino un baño. Todavía no sé por qué rieron… No entendí el chiste, pero sonreí y… quedé bien, creo (jeje).
-En el futuro Popayán tendrá “metrocable” para atravesar El Parque de la Eternidad (Antiguo parque-Caldas), dijo el chistocito del closet. Alguien quiso saber si era porque todavía no lo habrían terminado de arreglar, pero de inmediato se aclaró que era para poder pasar de un lado a otro sin empujar a los verduleros de la plaza de mercado que allí habría con toda seguridad. Una señorita que mostraba unos senos pequeños y rosaditos (que no puedo olvidar y por la cual algunas noches me da bruxismo y me doy golpes de pecho), dijo que a La Torre del Reloj la veríamos con turbinas de energía eólica por aquello del calentamiento global y el problema de los costos de la energía que hoy padecemos.
-Desde El Morro-, dijo un hombre de bigotito a lo Dalí (iba a “decir de bigotito y barrigón”, pero ahora que recuerdo, y recuerdo con asombro, ninguno allí era tan barrigón como yo ¿Cuál será el secreto de los arquitectos para no tener barriga?
– Desde el Morro, dijo el tipo, en cada azotea y edificio de Popayán se verán plantas y paneles de energía solar, en vez de energía emanada de centrales eléctricas tradicionales. –Ah, lo dices -preguntó una arquitecta con pelo a lo Fany Mikey-, porque la gente mamada de pagar el kilovatio más caro de Colombia, y frente a los abusos tarifarios de hoy, en el Tricentenario se buscarán otras fuentes.
-En el Tricentenario, dijo otro tipo mayorcito y sin barriga, cantaremos el himno nacional frente al busto del prócer capaz de parar las infamias en las tarifas de electricidad, así como hoy cantamos frente a la Pola que hace 200 años llamó a la gente a no pagar impuestos tan caros.
-En el Tricentenario el agua se le habrá negociado a las multinacionales y ya no habrá monopolios en la venta de energía tradicional. Y de castigo el pueblo le dará la espalda a una empresa indelicada con la gente, y acudiremos a fuentes de energías alternas. A lo mejor de Paispamba, el país de los vientos, nos vendan energía eólica más barata y más limpia…
Relato esto para que no digan que uno pierde el tiempo en los cocteles. La verdad es que uno allí aprende, se informa, se relaja, come bien, se achispa, y hasta quedan inquietudes…
La semana pasada estuve en un cóctel. Iba predispuesto a aburrirme como una ostra, pero no. Corrí con suerte en quedar atrapado en un corrillo de arquitectos que no hablaban de política, ni de futbol ni de mujeres (tan raro ¿no?); y el tema que los “animaba” eran los dibujos “animados”. Llegué justo cuando reían del culito amarrillo de Bart Simpson (nada que ver con el culito verde de Mockus, que ni siquiera nombraron); y luego comentaron la serie “Futurama”. Entonces metí la cucharada e invité a imaginar la ciudad de Popayán en el Tricentenario de la independencia.
Todos volvieron a mirarme y alguien preguntó en voz baja –pero que escuché-: “y este de cuál closet salió”. Para lo cual tuve que aclararles que la puerta a mi espalda no era un closet, sino un baño. Todavía no sé por qué rieron… No entendí el chiste, pero sonreí y… quedé bien, creo (jeje).
-En el futuro Popayán tendrá “metrocable” para atravesar El Parque de la Eternidad (Antiguo parque-Caldas), dijo el chistocito del closet. Alguien quiso saber si era porque todavía no lo habrían terminado de arreglar, pero de inmediato se aclaró que era para poder pasar de un lado a otro sin empujar a los verduleros de la plaza de mercado que allí habría con toda seguridad. Una señorita que mostraba unos senos pequeños y rosaditos (que no puedo olvidar y por la cual algunas noches me da bruxismo y me doy golpes de pecho), dijo que a La Torre del Reloj la veríamos con turbinas de energía eólica por aquello del calentamiento global y el problema de los costos de la energía que hoy padecemos.
-Desde El Morro-, dijo un hombre de bigotito a lo Dalí (iba a “decir de bigotito y barrigón”, pero ahora que recuerdo, y recuerdo con asombro, ninguno allí era tan barrigón como yo ¿Cuál será el secreto de los arquitectos para no tener barriga?
– Desde el Morro, dijo el tipo, en cada azotea y edificio de Popayán se verán plantas y paneles de energía solar, en vez de energía emanada de centrales eléctricas tradicionales. –Ah, lo dices -preguntó una arquitecta con pelo a lo Fany Mikey-, porque la gente mamada de pagar el kilovatio más caro de Colombia, y frente a los abusos tarifarios de hoy, en el Tricentenario se buscarán otras fuentes.
-En el Tricentenario, dijo otro tipo mayorcito y sin barriga, cantaremos el himno nacional frente al busto del prócer capaz de parar las infamias en las tarifas de electricidad, así como hoy cantamos frente a la Pola que hace 200 años llamó a la gente a no pagar impuestos tan caros.
-En el Tricentenario el agua se le habrá negociado a las multinacionales y ya no habrá monopolios en la venta de energía tradicional. Y de castigo el pueblo le dará la espalda a una empresa indelicada con la gente, y acudiremos a fuentes de energías alternas. A lo mejor de Paispamba, el país de los vientos, nos vendan energía eólica más barata y más limpia…
Relato esto para que no digan que uno pierde el tiempo en los cocteles. La verdad es que uno allí aprende, se informa, se relaja, come bien, se achispa, y hasta quedan inquietudes…
jueves, 8 de abril de 2010
BOCETOS: Micro cuentos
Marco Antonio Valencia Calle
valenciacalle@yahoo.com
1. Una mujer se tomó su píldora del día después. Aun así no pudo evitar engendrar el esperpento de la duda debajo de sus largos cabellos.
2: Era un hombre gordo. Debajo de la piel tenía muchas ganas contenidas. Un día cerró los ojos y dejó soltar todas sus ganas. Ahora es un flaco infeliz.
3. Hacía calor. Mucho calor y la mujer se desnudó. Desde el otro lado de la ventana un hombre la miraba acariciando a Priamo… su perro cruel.
4: Era octubre y llovía. El hombre se tomó su café y oró. Sacó un arma y se pegó un tiro. No murió. Quiso suicidarse por amor y no pudo. Ahora no tiene ni humor ni amor pero salió en las páginas rojas de un tabloide amarillista.
5: Erase una vez un hombre sin escrúpulos. Se tomaba toda la leche de sus mellizos recién nacidos de las mamas de su esposa, para luego poder ir a comprar leche en polvo. Se estaba enamorando de la cajera de la farmacia.
6: El corazón latía y latía al ritmo de músicas callejeras. Robar no era lo suyo, pero hoy no se pudo contender. A una mujer tan bella como Lucrecia bien merecía robarle un beso aunque hubiera sido con los dones de la imaginación.
7: Cenar bien, cepillarse bien, dormir bien era su rutina. Pero hoy decidió romper la costumbre y se puso a ver telenovelas. Al terminar la noche se dijo: "He sido un idiota". La empleada no supo si lo dijo por los años que no vio novelas… o por haber roto su rutina.
8: Le hizo guiños, luego le regaló sonrisas y finalmente le dedicó unas palabras. Nada del otro mundo, pero la mujer cayó en sus garras. Lo que él no alcanzaba a entender el pequeño insecto, es que las telarañas de una Viuda se tejen con días de antelación mientras se piensa en la víctima.
9: Años sin verse. Se quedaron mirando en silencio. Ella pensando en lo mucho que lo había hecho sufrir. Él, sintiendo un frío insólito en sus intestinos. Secuestradora y víctima en otro escenario de la vida.
10: Vomitó pánico frente a las primeras turbulencias del avión y todos los pasajeros rieron del hombre. Luego, frente al asco de todos, el hombre rió a carcajada batiente. "Devolver atenciones" es un acto de cortesía frente a la grosería de los demás.
11: Se cruzaron en el circo, en el aeropuerto, en la plaza de Bolívar... pero como no se necesitaban no se buscaron. Ahora con el vaso de la soledad llena de hielo sobre la mesa, chateaban. "Si hubiera sabido que estabas allí...", dijo ella. "Menos mal no nos vimos", dijo él. "Por qué?" "Porque soy un asesino, y te habría matado a besos". Entonces ella se quedó sin palabras...
valenciacalle@yahoo.com
1. Una mujer se tomó su píldora del día después. Aun así no pudo evitar engendrar el esperpento de la duda debajo de sus largos cabellos.
2: Era un hombre gordo. Debajo de la piel tenía muchas ganas contenidas. Un día cerró los ojos y dejó soltar todas sus ganas. Ahora es un flaco infeliz.
3. Hacía calor. Mucho calor y la mujer se desnudó. Desde el otro lado de la ventana un hombre la miraba acariciando a Priamo… su perro cruel.
4: Era octubre y llovía. El hombre se tomó su café y oró. Sacó un arma y se pegó un tiro. No murió. Quiso suicidarse por amor y no pudo. Ahora no tiene ni humor ni amor pero salió en las páginas rojas de un tabloide amarillista.
5: Erase una vez un hombre sin escrúpulos. Se tomaba toda la leche de sus mellizos recién nacidos de las mamas de su esposa, para luego poder ir a comprar leche en polvo. Se estaba enamorando de la cajera de la farmacia.
6: El corazón latía y latía al ritmo de músicas callejeras. Robar no era lo suyo, pero hoy no se pudo contender. A una mujer tan bella como Lucrecia bien merecía robarle un beso aunque hubiera sido con los dones de la imaginación.
7: Cenar bien, cepillarse bien, dormir bien era su rutina. Pero hoy decidió romper la costumbre y se puso a ver telenovelas. Al terminar la noche se dijo: "He sido un idiota". La empleada no supo si lo dijo por los años que no vio novelas… o por haber roto su rutina.
8: Le hizo guiños, luego le regaló sonrisas y finalmente le dedicó unas palabras. Nada del otro mundo, pero la mujer cayó en sus garras. Lo que él no alcanzaba a entender el pequeño insecto, es que las telarañas de una Viuda se tejen con días de antelación mientras se piensa en la víctima.
9: Años sin verse. Se quedaron mirando en silencio. Ella pensando en lo mucho que lo había hecho sufrir. Él, sintiendo un frío insólito en sus intestinos. Secuestradora y víctima en otro escenario de la vida.
10: Vomitó pánico frente a las primeras turbulencias del avión y todos los pasajeros rieron del hombre. Luego, frente al asco de todos, el hombre rió a carcajada batiente. "Devolver atenciones" es un acto de cortesía frente a la grosería de los demás.
11: Se cruzaron en el circo, en el aeropuerto, en la plaza de Bolívar... pero como no se necesitaban no se buscaron. Ahora con el vaso de la soledad llena de hielo sobre la mesa, chateaban. "Si hubiera sabido que estabas allí...", dijo ella. "Menos mal no nos vimos", dijo él. "Por qué?" "Porque soy un asesino, y te habría matado a besos". Entonces ella se quedó sin palabras...
¡FELICITACIONES, SEMANASANTEROS!
Marco Antonio Valencia Calle
valenciacalle@yahoo.com
Las procesiones de Semana Santa ofrecen a los habitantes de esta ciudad un tema común para identificarnos como colectividad frente a los ciudadanos del mundo. Reflexionar sobre alguno de sus tópicos es un principio de identidad, interés y sentido de pertenencia. Entonces me pregunto ¿cómo lograr que las Procesiones sea un tema de “vocación y participación” para todos? Y la respuesta me llega de manera simple: educación enfocada y dirigida.
En esa medida es vital que la “Cátedra Popayán” siga trabajándose en las instituciones educativas públicas y privadas, liderada desde el Estado y como lo vienen haciendo, pero con más recursos y amplitud de perspectiva, en pro de formar ciudadanos sintonizados con la tradición y el espíritu del ser popayanejo y semanasantero. La Cátedra es un excelente aliado para fortalecer “la Cultura Ciudadana” que nuestros gobernantes quieren impulsar, que la ciudad demanda, y que nuestros niños y jóvenes necesitan para pensar y entender, entre muchos otros temas, la historia, incluyendo las procesiones de Semana Santa.
Es importante que desde la casa y desde la “elemental instrucción escolar hasta la universitaria” cada habitante, nacido aquí o no, reconozca, perciba, se involucre y entienda, una tradición noble que nos fundamenta en una herencia común. Estar bien informado sobre los aspectos elementales de la Semana Santa es clave, tanto para el ciudadano que disfruta de las procesiones como espectador, como para el que vive y participa asistiendo con fe a los actos litúrgicos. En ambos casos se contribuye a cimentar la tradición de un patrimonio a los ojos de toda la humanidad y nos hace parte de una historia común.
El sentido de pertenencia lo da el pensarse así mismo, y pensarnos a sí mismos nos da identidad. Por eso, los payaneses por nacimiento o migración, es decir, todos los que hacemos parte del panorama de la ciudad tenemos “el derecho y el deber” de pensar, hablar y entender de manera positiva las procesiones de la Semana Santa. Ello implica estar atentos a participar en los llamados de la iglesia y la Junta pro Semana Santa, sin desdeñar la dinámica de la industria cultural, turística y gastronómica que gira a su alrededor en beneficio de todos.
Las Procesiones tienen que seguir siendo un bien histórico común con la participación de todos y no solo de algunos. En esa medida, es de agradecer profundamente a quienes sensibilizan y educan durante todo el año a las nuevas generaciones; pues no faltan los enemigos gratuitos que atentan contra su imagen y pervivencia, como son las distracciones que ofrece la modernidad, el comercio desordenado, la ignorancia religiosa, la patanería de los extranjeros y el vacío existencial de muchos jóvenes, frente al profundo significado que nos da vivir una experiencia solemne, y de allí la necesidad de educarnos y educar frente al tema, sin auto- exclusiones.
PARA DESTACAR: Felicitación especial a todos a los medios de comunicación. En sus cubrimientos hicieron gala de compromiso y responsabilidad social con la historia y las tradiciones de Popayán. Pero además, se notó esfuerzo “por educar a propios y extraños” sobre lo sagrado y lo humano que tiene el vivir una procesión de Semana Santa en Popayán. ¡Se fajaron!
valenciacalle@yahoo.com
Las procesiones de Semana Santa ofrecen a los habitantes de esta ciudad un tema común para identificarnos como colectividad frente a los ciudadanos del mundo. Reflexionar sobre alguno de sus tópicos es un principio de identidad, interés y sentido de pertenencia. Entonces me pregunto ¿cómo lograr que las Procesiones sea un tema de “vocación y participación” para todos? Y la respuesta me llega de manera simple: educación enfocada y dirigida.
En esa medida es vital que la “Cátedra Popayán” siga trabajándose en las instituciones educativas públicas y privadas, liderada desde el Estado y como lo vienen haciendo, pero con más recursos y amplitud de perspectiva, en pro de formar ciudadanos sintonizados con la tradición y el espíritu del ser popayanejo y semanasantero. La Cátedra es un excelente aliado para fortalecer “la Cultura Ciudadana” que nuestros gobernantes quieren impulsar, que la ciudad demanda, y que nuestros niños y jóvenes necesitan para pensar y entender, entre muchos otros temas, la historia, incluyendo las procesiones de Semana Santa.
Es importante que desde la casa y desde la “elemental instrucción escolar hasta la universitaria” cada habitante, nacido aquí o no, reconozca, perciba, se involucre y entienda, una tradición noble que nos fundamenta en una herencia común. Estar bien informado sobre los aspectos elementales de la Semana Santa es clave, tanto para el ciudadano que disfruta de las procesiones como espectador, como para el que vive y participa asistiendo con fe a los actos litúrgicos. En ambos casos se contribuye a cimentar la tradición de un patrimonio a los ojos de toda la humanidad y nos hace parte de una historia común.
El sentido de pertenencia lo da el pensarse así mismo, y pensarnos a sí mismos nos da identidad. Por eso, los payaneses por nacimiento o migración, es decir, todos los que hacemos parte del panorama de la ciudad tenemos “el derecho y el deber” de pensar, hablar y entender de manera positiva las procesiones de la Semana Santa. Ello implica estar atentos a participar en los llamados de la iglesia y la Junta pro Semana Santa, sin desdeñar la dinámica de la industria cultural, turística y gastronómica que gira a su alrededor en beneficio de todos.
Las Procesiones tienen que seguir siendo un bien histórico común con la participación de todos y no solo de algunos. En esa medida, es de agradecer profundamente a quienes sensibilizan y educan durante todo el año a las nuevas generaciones; pues no faltan los enemigos gratuitos que atentan contra su imagen y pervivencia, como son las distracciones que ofrece la modernidad, el comercio desordenado, la ignorancia religiosa, la patanería de los extranjeros y el vacío existencial de muchos jóvenes, frente al profundo significado que nos da vivir una experiencia solemne, y de allí la necesidad de educarnos y educar frente al tema, sin auto- exclusiones.
PARA DESTACAR: Felicitación especial a todos a los medios de comunicación. En sus cubrimientos hicieron gala de compromiso y responsabilidad social con la historia y las tradiciones de Popayán. Pero además, se notó esfuerzo “por educar a propios y extraños” sobre lo sagrado y lo humano que tiene el vivir una procesión de Semana Santa en Popayán. ¡Se fajaron!
domingo, 7 de febrero de 2010
PERIODISTAS DEL DIABLO
Marco Antonio Valencia Calle
valenciacalle@yahoo.com
Cada periodista tiene una visión del mundo que muestra a través de sus actos cotidianos, pero no todos tienen la intención de interactuar con la historia, ni quieren ser responsables de educar, ni son serios con su trabajo, ni tienen conciencia de sus desafueros, porque son empleados “sin vocación” que laboran para llenar sus barrigas con un salario que nunca será digno ni suficiente. Y allí comienza el infierno de la profesión, del oficio, de la prensa y los periodistas.
Y se ríe el diablo cuando los periodistas que casi nunca son los protagonistas se creen más importantes que la noticia porque tienen a disposición un medio, o piensan que se les deber rendir pleitesía por hacer un trabajo simple y llano que consiste en hacer que la gente se entere de las miserias y maravillas que arman el rompecabezas de la sociedad.
El diablo alimenta el ego de los débiles. De allí que algunos periodistas se confunden, y pasan del servicio de informar con documentos y hechos, a la egolatría lastimera de opinar para dejarnos ver la estrechez de su intelecto o el lado oscuro de su corazón. Claro, hay periodismo de opinión, pero no todos los periodistas están formados para ejercerlo, y una cosa es tener capacidad para opinar con fundamento, y otra es arriesgarse a decir zarandajas desde la bilis, el amor o el odio para sembrar pánico o desencanto.
Arde el infierno, cuando vemos en el panorama a periodistas que desde sus trincheras apabullan a sus enemigos con discursos de pretendida autoridad moral, o cuando desorientan al ciudadano reproduciendo opiniones salidas de chequeras sospechosas.
El diablo es puerco y sabe que los periodistas son los cronistas de la historia más reciente. Y que con su voluntad por contar noticias van construyendo el país que tenemos y el infierno que padecemos. Pero una historia que se cuenta sin análisis, sin comparaciones ni proyecciones por gente escasa de mollera y de formación, destruye cualquier civilización
Hay que valorar el amor con el que algunos periodistas tejen su trabajo, nos llenan de esperanza y van construyendo de manera positiva el país que tenemos, pero lamentamos a los que de la mano del diablo se confabulan para atizar la guerra, para manipular la estadísticas, para provocar la rabia y la desunión entre los pueblos, para hacernos creer lo contrario a lo evidente.
POSDATA: Saludo y deseo de felicidad a los periodistas colombianos en su día: 9 de febrero.
valenciacalle@yahoo.com
Cada periodista tiene una visión del mundo que muestra a través de sus actos cotidianos, pero no todos tienen la intención de interactuar con la historia, ni quieren ser responsables de educar, ni son serios con su trabajo, ni tienen conciencia de sus desafueros, porque son empleados “sin vocación” que laboran para llenar sus barrigas con un salario que nunca será digno ni suficiente. Y allí comienza el infierno de la profesión, del oficio, de la prensa y los periodistas.
Y se ríe el diablo cuando los periodistas que casi nunca son los protagonistas se creen más importantes que la noticia porque tienen a disposición un medio, o piensan que se les deber rendir pleitesía por hacer un trabajo simple y llano que consiste en hacer que la gente se entere de las miserias y maravillas que arman el rompecabezas de la sociedad.
El diablo alimenta el ego de los débiles. De allí que algunos periodistas se confunden, y pasan del servicio de informar con documentos y hechos, a la egolatría lastimera de opinar para dejarnos ver la estrechez de su intelecto o el lado oscuro de su corazón. Claro, hay periodismo de opinión, pero no todos los periodistas están formados para ejercerlo, y una cosa es tener capacidad para opinar con fundamento, y otra es arriesgarse a decir zarandajas desde la bilis, el amor o el odio para sembrar pánico o desencanto.
Arde el infierno, cuando vemos en el panorama a periodistas que desde sus trincheras apabullan a sus enemigos con discursos de pretendida autoridad moral, o cuando desorientan al ciudadano reproduciendo opiniones salidas de chequeras sospechosas.
El diablo es puerco y sabe que los periodistas son los cronistas de la historia más reciente. Y que con su voluntad por contar noticias van construyendo el país que tenemos y el infierno que padecemos. Pero una historia que se cuenta sin análisis, sin comparaciones ni proyecciones por gente escasa de mollera y de formación, destruye cualquier civilización
Hay que valorar el amor con el que algunos periodistas tejen su trabajo, nos llenan de esperanza y van construyendo de manera positiva el país que tenemos, pero lamentamos a los que de la mano del diablo se confabulan para atizar la guerra, para manipular la estadísticas, para provocar la rabia y la desunión entre los pueblos, para hacernos creer lo contrario a lo evidente.
POSDATA: Saludo y deseo de felicidad a los periodistas colombianos en su día: 9 de febrero.
domingo, 31 de enero de 2010
UN CABALLO EN SANTIAGO
En el barrio Bellavista de Santiago de Chile, queda La Chascona, la casa de Pablo Neruda. Allí sentado en la terraza de la cafetería vi el esplendor de una tarde amarrilla negándose a morir sobre los tejados de un barrio tradicional salpicado de turistas. En la tienda compré suvenires, camisetas y postales con la imagen del poeta convertido en ícono de baratijas tan vendidas como las del Ché Guevara.
Luego de las compras, los poetas y los versos del premio Nobel de 1971, nada mejor que buscar un lugar para cenar y deleitarnos con vino y alguna sabrosura de mar, que me pareció la especialidad de la mayoría de sus restaurantes. Optamos por Sommelier, donde elegí un risotto de azufre con moluscos (elegido al azar con el dedo del ciego)
Los bares y restaurante del barrio Bellavista son como los de La Candelaria de Bogotá. Están repletos de bohemia, historia y buen gusto. Pequeños museos con fotos de músicos, poetas o visitantes ilustres (en este último me tomé una foto, para mandársela a su dueño por si un día alcanzo el alias de “personaje ilustre”. Ya saben: la vanidad como la prostitución, son dos de los pecados más viejos y lucrativos del mundo).
Los chilenos tienen fama de ser tan alcohólicos como los rusos. Dicen que levantar codo no está mal visto, y por lo tanto fui sometido a una competencia inocua para intentar demostrar quién tomaba más: si un colombiano hablando de García Márquez y Oscar Collazos, o cinco chilenos hablando de Neruda, Huidobro, Gabriela Mistral y Roberto Bolaño (el último grito de la moda, por cuenta de la babeante necrofilia literaria)
Un vino chileno, tomado en Chile, sabe más rico que tomárselo en el parque Caldas de Popayán de una caja de cartón (el vino es elixir del verbo eterno, que alimenta la inteligencia y el buen gusto, o remoja bien las nostalgias de una buena soledad- he dicho.)
El vino es tradición de herencia española, y el país ocupa el noveno lugar en el mundo en producción de tintos. Aprendí que el mejor, por su color y cuerpo, es el cabernet sauvignon, que siendo de origen francés, se da bien porque el clima favorece los viñedos chilenos. Y que si pido un “tinto” en Chile, nunca me servirán un café sino un vino.
En los “cafés con piernas” me ilusioné. Al entrar en Macumba Café y luego al mítico Barón Rojo, se me alborotó el judío que hay en mí (y me mentí diciéndome que al llegar a Colombia iba a montar un negocio similar). Estos cafés situados en Centros comerciales y calles del centro de la ciudad, abren todo el día y son atendidos por mujeres en tangas brasileras y tetas al aire… que sirven capuchinos o expresos adobados con sonrisas y temblores corporales… temblores que hacen estremecer al más puritano.
Luego, claro que sí, anduve como caballo desbocado por el Palacio de la Moneda de facha-da neoclásica-italiana, me tomé fotos en La Plaza de la Constitución, las portadas de La Catedral Metropolitana, el Club Hípico, la Universidad de Chile, El Cementerio Central. Y oh, sorpresa en El parque Forestal, sobre la avenida Cardenal Caro, me encontré de frente con un caballo que me puso feliz: una escultura regordeta donada por el maestro Botero con una tribu de punks bailando a su alrededor. El realismo mágico también existe por aquí.
Luego de las compras, los poetas y los versos del premio Nobel de 1971, nada mejor que buscar un lugar para cenar y deleitarnos con vino y alguna sabrosura de mar, que me pareció la especialidad de la mayoría de sus restaurantes. Optamos por Sommelier, donde elegí un risotto de azufre con moluscos (elegido al azar con el dedo del ciego)
Los bares y restaurante del barrio Bellavista son como los de La Candelaria de Bogotá. Están repletos de bohemia, historia y buen gusto. Pequeños museos con fotos de músicos, poetas o visitantes ilustres (en este último me tomé una foto, para mandársela a su dueño por si un día alcanzo el alias de “personaje ilustre”. Ya saben: la vanidad como la prostitución, son dos de los pecados más viejos y lucrativos del mundo).
Los chilenos tienen fama de ser tan alcohólicos como los rusos. Dicen que levantar codo no está mal visto, y por lo tanto fui sometido a una competencia inocua para intentar demostrar quién tomaba más: si un colombiano hablando de García Márquez y Oscar Collazos, o cinco chilenos hablando de Neruda, Huidobro, Gabriela Mistral y Roberto Bolaño (el último grito de la moda, por cuenta de la babeante necrofilia literaria)
Un vino chileno, tomado en Chile, sabe más rico que tomárselo en el parque Caldas de Popayán de una caja de cartón (el vino es elixir del verbo eterno, que alimenta la inteligencia y el buen gusto, o remoja bien las nostalgias de una buena soledad- he dicho.)
El vino es tradición de herencia española, y el país ocupa el noveno lugar en el mundo en producción de tintos. Aprendí que el mejor, por su color y cuerpo, es el cabernet sauvignon, que siendo de origen francés, se da bien porque el clima favorece los viñedos chilenos. Y que si pido un “tinto” en Chile, nunca me servirán un café sino un vino.
En los “cafés con piernas” me ilusioné. Al entrar en Macumba Café y luego al mítico Barón Rojo, se me alborotó el judío que hay en mí (y me mentí diciéndome que al llegar a Colombia iba a montar un negocio similar). Estos cafés situados en Centros comerciales y calles del centro de la ciudad, abren todo el día y son atendidos por mujeres en tangas brasileras y tetas al aire… que sirven capuchinos o expresos adobados con sonrisas y temblores corporales… temblores que hacen estremecer al más puritano.
Luego, claro que sí, anduve como caballo desbocado por el Palacio de la Moneda de facha-da neoclásica-italiana, me tomé fotos en La Plaza de la Constitución, las portadas de La Catedral Metropolitana, el Club Hípico, la Universidad de Chile, El Cementerio Central. Y oh, sorpresa en El parque Forestal, sobre la avenida Cardenal Caro, me encontré de frente con un caballo que me puso feliz: una escultura regordeta donada por el maestro Botero con una tribu de punks bailando a su alrededor. El realismo mágico también existe por aquí.
TEMUCO: LOS PICAROS INDIOS
La fama de holgazanes, borrachines y amigos de lo ajeno que tienen los indios mapuches es parte del estigma y la confrontación que tienen los indígenas con los “blancos” de Santiago de Chile y centros urbanos. En la IX región de la Araucanía, esta la ciudad de Temuco donde conviven mapuches y blancos, pero cada uno por su lado, como ocurre en la comunidad de Silvia Cauca, donde los pobladores nada o poco quieren saber de los guámbianos, y unos a otros se descalifican.
Los conquistadores europeos al invadir y someter a los pueblos indígenas latinoamericanos nunca pudieron con los mapuches, pues no vivían en grupos, eran nómadas y carecían de un líder común que les diera una organización política como la que tenían los incas, chibchas o mayas. El escritor Alonso de Ercilla, escribió “La Araucana” donde da cuenta de las bárbaras guerras entre españoles y mapuches, texto que hace parte de las valiosas crónicas, testimonios y narraciones de la conquista. Hoy en día, en los parques de la ciudad están las estatuas de Lautaro y Caupolicán, los héroes de la novela de Ercilla, que siguen alimentando el mito del indígena guerrero e indomable. Pero los guerreros de ahora ya no usan caballos, lanzas y flechas; ahora sus formas de lucha y resistencia frente a la cultura del hombre blanco están en el internet, los periódicos escritos, los partidos políticos y las emisoras de radio, que les permiten orientar reivindicaciones varias, algunas referidas a la obtención de mejores condiciones de vida, más presupuesto del Estado y el respeto por la madre Tierra. Actos y acciones que son apoyados económicamente por “oenegés” europeas. Nada distinto al actuar de los indígenas paeces y coconucos del Cauca.
A pesar del smog, Temuco es una ciudad atractiva por lo limpia y ordenada. Y en sus grandes centros comerciales se pueden apreciar los nefatos efectos del tratado libre comercio (TLC) de Chile con Estados Unidos, en la medida que la mayoría de productos de alimentos y aseo son enlatados gringos con etiquetas en inglés, además de las tiendas de ropa usada “made en USA” de precios bajos y tallas extra-grandes. Pero sin duda, el mejor sitio para ir de compras es el Mercado Municipal donde se pueden ver lo más típico de la cultura mapuche. Objetos elaborados en madera como los “indios picaros”, bisutería de plata, vistosos ropajes confeccionados a mano, y “el merquén”, una especie de ají seco, ahumado y molido que hace parte de los secretos culinarios de la región. Con suerte, se podrán conocer los “huevos azules” de gallinas silvestres (únicos en el mundo) y que por su curiosidad y mito se venden a precio de oro. Eso sí, no hay que olvidar pasar por la “la mesa larga” del mercado a degustar unas buenas otras, y otras delicias del mar Pacífico.
Dicen que en Temuco nació Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido como Pablo Neruda, pero los de Parral lo discuten. Lo cierto es que el poeta vivió allí su niñez, y hoy, el Museo Nacional Ferroviario lleva el nombre del poeta en la medida que fue el lugar donde trabajó su padre. Para terminar mi crónica de viaje, recomiendo visitar el Estadio Municipal, darse un paseo por la Avenida Alemania y entrar al Museo Araucano, para tener una idea más completa de Temuco, su historia y sus gentes.
LOS PICAROS INDIOS
Por Marco Antonio Valencia
valenciacalle@yahoo.com
Los conquistadores europeos al invadir y someter a los pueblos indígenas latinoamericanos nunca pudieron con los mapuches, pues no vivían en grupos, eran nómadas y carecían de un líder común que les diera una organización política como la que tenían los incas, chibchas o mayas. El escritor Alonso de Ercilla, escribió “La Araucana” donde da cuenta de las bárbaras guerras entre españoles y mapuches, texto que hace parte de las valiosas crónicas, testimonios y narraciones de la conquista. Hoy en día, en los parques de la ciudad están las estatuas de Lautaro y Caupolicán, los héroes de la novela de Ercilla, que siguen alimentando el mito del indígena guerrero e indomable. Pero los guerreros de ahora ya no usan caballos, lanzas y flechas; ahora sus formas de lucha y resistencia frente a la cultura del hombre blanco están en el internet, los periódicos escritos, los partidos políticos y las emisoras de radio, que les permiten orientar reivindicaciones varias, algunas referidas a la obtención de mejores condiciones de vida, más presupuesto del Estado y el respeto por la madre Tierra. Actos y acciones que son apoyados económicamente por “oenegés” europeas. Nada distinto al actuar de los indígenas paeces y coconucos del Cauca.
A pesar del smog, Temuco es una ciudad atractiva por lo limpia y ordenada. Y en sus grandes centros comerciales se pueden apreciar los nefatos efectos del tratado libre comercio (TLC) de Chile con Estados Unidos, en la medida que la mayoría de productos de alimentos y aseo son enlatados gringos con etiquetas en inglés, además de las tiendas de ropa usada “made en USA” de precios bajos y tallas extra-grandes. Pero sin duda, el mejor sitio para ir de compras es el Mercado Municipal donde se pueden ver lo más típico de la cultura mapuche. Objetos elaborados en madera como los “indios picaros”, bisutería de plata, vistosos ropajes confeccionados a mano, y “el merquén”, una especie de ají seco, ahumado y molido que hace parte de los secretos culinarios de la región. Con suerte, se podrán conocer los “huevos azules” de gallinas silvestres (únicos en el mundo) y que por su curiosidad y mito se venden a precio de oro. Eso sí, no hay que olvidar pasar por la “la mesa larga” del mercado a degustar unas buenas otras, y otras delicias del mar Pacífico.
Dicen que en Temuco nació Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido como Pablo Neruda, pero los de Parral lo discuten. Lo cierto es que el poeta vivió allí su niñez, y hoy, el Museo Nacional Ferroviario lleva el nombre del poeta en la medida que fue el lugar donde trabajó su padre. Para terminar mi crónica de viaje, recomiendo visitar el Estadio Municipal, darse un paseo por la Avenida Alemania y entrar al Museo Araucano, para tener una idea más completa de Temuco, su historia y sus gentes.
LOS PICAROS INDIOS
Por Marco Antonio Valencia
valenciacalle@yahoo.com
domingo, 10 de enero de 2010
VALPARAISO
“ES TAN CORTO EL AMOR Y TAN LARGO EL OLVIDO”
En los malecones de Valparaíso, en el barrio Santo Domingo de Chile, visité un bar inolvidable (de cuyo nombre quiero acordarme pero la memoria no me alcanza). Allí un hombre de barbas a lo papá Noel, sombrero maltrecho y dedos de mago, que tocaba en un acordeón milongas y tangos, dependiendo del trago que uno le invitara, me habló de los crímenes de lesa humanidad que significan los golpes de estado y los presidentes perpetuos. Desde la puerta del bar se podía ver un cielo bermejo sobre un mar azul intenso que estremecía. Por eso es la joya del Pacífico, me dijo la mesera, poniendo sobre mi mano un pisco saguar (una mezcla de aguardiente, limón, azúcar, clara de huevo y hielo picado). Cuando le dije que era poeta, “la mina” me dijo que la bebida era gratis y me dio un beso largo, salivoso, estremecedor que recibí con los ojos abiertos (¡Pucha!: “es tan corto el amor y tan largo el olvido”, escribió Neruda).
A los poetas se les atiende bien me explicó el viejo acordeonero, porque ellos escriben cosas bonitas que traen turistas, y porque gracias a esas palabras bonitas, la ciudad fue declarada patrimonio de la humanidad (por la Unesco en el 2003). Al momento me rodearon un grupo de mujeres de todos los colores y todos los idiomas. Hermosas hetairas que viajaban de todas partes del mundo a esperar marineros que pagaban sumas escandalosas por besos y caricias. Por mil dólares me dejo besar en la boca, por dos mil me dejo pegar, y por tres mil lo hacemos sin condón, me dijo una japonesita menudita tratando de ilusionarme. (“Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos…” cantó su tango el acordeonero para confundir esa tristeza que da, en medio de las alegrías).
En “La Sebastiana”, la casa de Pablo Neruda conocí al poeta Juan Jara (familiar de Víctor Jara, canta autor asesinado por las fuerzas represivas de Pinochet por los delitos de pensar y soñar distinto). La casa de Neruda queda en el cerro de Bellavista, es estrecha y parece un laberinto de escaleras. Hoy en día tiene un salón de videos, muchas colecciones que pertenecieron al poeta y es administrada por una Fundación que agenda eventos culturales. Desde el altillo se pueden ver las viviendas deslizándose hasta un plan que colinda con la bahía, y claro: el cielo del mar confundido con el cielo de la poesía y la luz de los inmigrantes (se supone).
Para ir a La Sebastiana me di el gusto infantil de subir a un funicular. Luego Jara me hizo montar entrolebús, almorzar merluza frita y me llevó hasta las puertas del edificio El Mercurio (el periódico de habla hispana más antiguo del mundo) para que me hicieran una entrevista. Tuve que confesarle a Juanito que yo era un poeta de auto-publicación. – ¡Chuca!, puta la weá ¿O sea que nos famoso? Entonces vos sos como yo, -dijo-, un desconocido para el mundo editorial, cachai? ¿Uno de de esos que publica libros fomes que ni la mamá lee, cachai? ¿Un cabro que visita tumbas de poetas para que se le pegue le huevada, cachai?, choca esos cinco hermano latinoamericano. ¡Puta la weá, si será pequeño el mundo, cabro! Y en un claro viso de humor negro me arrastró hasta al museo del Payaso y el Títere…
Bueno, luego también visitamos el Museo de Historia Natural para terminar en una fonda cerca del mirador O'Higgins, tomando cerveza Austral, no crean que todo fue decepciones.
En los malecones de Valparaíso, en el barrio Santo Domingo de Chile, visité un bar inolvidable (de cuyo nombre quiero acordarme pero la memoria no me alcanza). Allí un hombre de barbas a lo papá Noel, sombrero maltrecho y dedos de mago, que tocaba en un acordeón milongas y tangos, dependiendo del trago que uno le invitara, me habló de los crímenes de lesa humanidad que significan los golpes de estado y los presidentes perpetuos. Desde la puerta del bar se podía ver un cielo bermejo sobre un mar azul intenso que estremecía. Por eso es la joya del Pacífico, me dijo la mesera, poniendo sobre mi mano un pisco saguar (una mezcla de aguardiente, limón, azúcar, clara de huevo y hielo picado). Cuando le dije que era poeta, “la mina” me dijo que la bebida era gratis y me dio un beso largo, salivoso, estremecedor que recibí con los ojos abiertos (¡Pucha!: “es tan corto el amor y tan largo el olvido”, escribió Neruda).
A los poetas se les atiende bien me explicó el viejo acordeonero, porque ellos escriben cosas bonitas que traen turistas, y porque gracias a esas palabras bonitas, la ciudad fue declarada patrimonio de la humanidad (por la Unesco en el 2003). Al momento me rodearon un grupo de mujeres de todos los colores y todos los idiomas. Hermosas hetairas que viajaban de todas partes del mundo a esperar marineros que pagaban sumas escandalosas por besos y caricias. Por mil dólares me dejo besar en la boca, por dos mil me dejo pegar, y por tres mil lo hacemos sin condón, me dijo una japonesita menudita tratando de ilusionarme. (“Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos…” cantó su tango el acordeonero para confundir esa tristeza que da, en medio de las alegrías).
En “La Sebastiana”, la casa de Pablo Neruda conocí al poeta Juan Jara (familiar de Víctor Jara, canta autor asesinado por las fuerzas represivas de Pinochet por los delitos de pensar y soñar distinto). La casa de Neruda queda en el cerro de Bellavista, es estrecha y parece un laberinto de escaleras. Hoy en día tiene un salón de videos, muchas colecciones que pertenecieron al poeta y es administrada por una Fundación que agenda eventos culturales. Desde el altillo se pueden ver las viviendas deslizándose hasta un plan que colinda con la bahía, y claro: el cielo del mar confundido con el cielo de la poesía y la luz de los inmigrantes (se supone).
Para ir a La Sebastiana me di el gusto infantil de subir a un funicular. Luego Jara me hizo montar entrolebús, almorzar merluza frita y me llevó hasta las puertas del edificio El Mercurio (el periódico de habla hispana más antiguo del mundo) para que me hicieran una entrevista. Tuve que confesarle a Juanito que yo era un poeta de auto-publicación. – ¡Chuca!, puta la weá ¿O sea que nos famoso? Entonces vos sos como yo, -dijo-, un desconocido para el mundo editorial, cachai? ¿Uno de de esos que publica libros fomes que ni la mamá lee, cachai? ¿Un cabro que visita tumbas de poetas para que se le pegue le huevada, cachai?, choca esos cinco hermano latinoamericano. ¡Puta la weá, si será pequeño el mundo, cabro! Y en un claro viso de humor negro me arrastró hasta al museo del Payaso y el Títere…
Bueno, luego también visitamos el Museo de Historia Natural para terminar en una fonda cerca del mirador O'Higgins, tomando cerveza Austral, no crean que todo fue decepciones.
jueves, 7 de enero de 2010
TRES CUENTOS DE MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE
Por: Marco Antonio Valencia Calle
valenciacalle@yahoo.com
1.
Ayer intenté enamorar a una mujer. Fue una lidia difícil. Hoy, un día después, a las diez de la mañana sigo en cama, exhausto, con el cuerpo adolorido y la boca amarga. La cabeza me da vueltas y no tengo ganas de levantarme. Me siento vacio, como ido de mí… como si al sacar mis artes y armas de conquistador a la plaza, un toro me hubieran revolcado, sacado las entrañas y el alma se me hubiera quedado tirada en el ruedo, o en el ruego. Me exigí a fondo, lo juro. Me entregué a la conquista como nunca, pero todo fue en vano. La mujer me sonreía como ilusionada, me atendía, se veía feliz y sus ademanes me indicaban que mi labia y mis deseos triunfaban sobre su carácter y personalidad. Nada se me escapó: los halagos bien capoteados, la mirada como banderillas, la grandilocuencia en la pose, la poesía en el ritual, la música en el corazón, el humor en la gradería, las palabras inteligentes al oído, la humildad para el engaño… los detalles, los gestos, los roces, la caballerosidad, la tentación, la luna, el vino, la música, el viento, la colonia, el olor, el aseo, la risa, las bellas historias, la caricia, la magia, el interés, la provocación, la insinuación… toda mi experiencia de años, los conocimientos aprendidos en el arte de capotear mujeres difíciles, la improvisación que solo es posible en manos de un maestro fueron expuestas ayer por mi parte… Lo juro, quise triunfar como nunca y como siempre, y no ahorré detalles para salir por la puerta grande y terminar en una cama ancha… pero al final, después de horas en que el mundo dejó de existir a mi alrededor, de una batalla en que lo di todo, de minutos de concentración, espera, maña y delicadezas, nada… la mujer me dejó tirado en medio de palabritas que sonaron como aplausos de consolación, agradeció en nombre de su vanidad que me fijara en ella, una mujer casada, con la tripa inflada, la piel dañada por las estrías, un mal aliento sin causa, las tetas inservibles y la vagina seca.
-Estoy viejo, Dios mío. Es terrible amanecer y darse cuenta que he perdido una corrida por vejez. Duele todo, especialmente el corazón mismo de la vanidad entera. Pero por favor, querido Niño Dios… llega diciembre y vuelven las corridas de toro en mi pueblo. Devuélvanme, querido Niño, mis dotes y mis armas. Que ya no sea capaz de conquistar a una mujer vieja y fea, vaya y venga, pero a la plaza de toros quiero volver, y aunque sea a una vaca vieja… déjame tirar.
2.
La mujer alzó la mirada, el brazo, la copa y sus deseos. Me miró de frente, con todos sus desafíos en el gesto y los senos inflados de silicona invitándome a brindar. “Feliz navidad”, le gesticulé en medio de la bulla, desde el otro lado del restaurante. Ella entendió el accionar de mis labios, así como entendí “esta noche te vas conmigo”. Sonreí, me sentí vanidosamente conquistador y deseado, pero pronto la olvidé para dedicarme a mi novia y la familia en una cena de navidad, llena de reencuentros, risas, regalos, tragos y buenos deseos para todos. Celebré mi navidad feliz con la mirada fija de la mujer de senos grandes a la que veía con el rabillo del ojo cada que alzaba la copa para brindar. A media noche, al ver a mi novia mirándose y mirándose y mirándose con un tipo de otra mesa, que al sacarla a bailar le había dicho que “era su ángel de la consolación”, salí lleno de celos del restaurante, subí a mi auto y me fui solo a casa. En mi aturdimiento alcohólico, en vez de frenar, aceleré… y el carro se fue de frente contra una mula de 24 llantas. En esa fracción de segundo que hay entre el último suspiro de vida, y el paso que hay hacia los patios de los infiernos… alcancé a vislumbrar a la mujer de tetas grandes y labios carnosos diciéndome: “te lo dije: esta noche te vas conmigo.
3.
Abrí el regalo y encontré un papel. Una lista de deseos. Mi papá murió hace tres días y curiosamente dejó un regalo. Justo él que nunca dio regalos en su vida con el pretexto de no hacerle juego al capitalismo consumista nos dejaba un regalo de herencia. Todos sus hijos y sus dos mujeres estábamos allí a la expectativa, más por la curiosidad que por otra cosa. La tarjeta decía: “para toda mi familia”. Leí el texto mentalmente, sentí un vacio en las entrañas, arrugué la frente y se lo pasé a mi madre. Ella lo leyó en silencio, abrió los ojos, nos miró a todos y se la pasó a la otra mujer de mi papá que apenas habíamos conocido ayer, a la hora del entierro. Ella leyó con dificultad moviendo los labios, arrugó la cara dejó ver sus dientes lindísimos, miró alrededor y se la pasó a mi hermana menor que estaba a su lado. Mi hermanita a cada renglón movía la cabeza de un lado para otro en señal de desaprobación, al final se rascó la cabeza con la muñeca de la mano que agarraba el papel y se le entregó al medio hermano que conoció ayer y que ojeó el texto sin inmutarse y con cara de piedra. Mi hermana la gorda, leyó rápido, se sonrió a cada línea y al finalizar su lectura suspiró hondo, se encogió de hombros y se lo pasó al tío portador del regalo que hacía las veces de testigo de la voluntad de mi papá. Cuando todos leímos, la otra mujer se paró y dijo: “Entonces, que se haga su voluntad, ¿no les parece?” Nadie dijo nada, pero con el silencio aceptamos que era lo mejor. Fue allí cuando comenzamos a abrazarnos y a desearnos feliz navidad y próspero año nuevo.
valenciacalle@yahoo.com
1.
Ayer intenté enamorar a una mujer. Fue una lidia difícil. Hoy, un día después, a las diez de la mañana sigo en cama, exhausto, con el cuerpo adolorido y la boca amarga. La cabeza me da vueltas y no tengo ganas de levantarme. Me siento vacio, como ido de mí… como si al sacar mis artes y armas de conquistador a la plaza, un toro me hubieran revolcado, sacado las entrañas y el alma se me hubiera quedado tirada en el ruedo, o en el ruego. Me exigí a fondo, lo juro. Me entregué a la conquista como nunca, pero todo fue en vano. La mujer me sonreía como ilusionada, me atendía, se veía feliz y sus ademanes me indicaban que mi labia y mis deseos triunfaban sobre su carácter y personalidad. Nada se me escapó: los halagos bien capoteados, la mirada como banderillas, la grandilocuencia en la pose, la poesía en el ritual, la música en el corazón, el humor en la gradería, las palabras inteligentes al oído, la humildad para el engaño… los detalles, los gestos, los roces, la caballerosidad, la tentación, la luna, el vino, la música, el viento, la colonia, el olor, el aseo, la risa, las bellas historias, la caricia, la magia, el interés, la provocación, la insinuación… toda mi experiencia de años, los conocimientos aprendidos en el arte de capotear mujeres difíciles, la improvisación que solo es posible en manos de un maestro fueron expuestas ayer por mi parte… Lo juro, quise triunfar como nunca y como siempre, y no ahorré detalles para salir por la puerta grande y terminar en una cama ancha… pero al final, después de horas en que el mundo dejó de existir a mi alrededor, de una batalla en que lo di todo, de minutos de concentración, espera, maña y delicadezas, nada… la mujer me dejó tirado en medio de palabritas que sonaron como aplausos de consolación, agradeció en nombre de su vanidad que me fijara en ella, una mujer casada, con la tripa inflada, la piel dañada por las estrías, un mal aliento sin causa, las tetas inservibles y la vagina seca.
-Estoy viejo, Dios mío. Es terrible amanecer y darse cuenta que he perdido una corrida por vejez. Duele todo, especialmente el corazón mismo de la vanidad entera. Pero por favor, querido Niño Dios… llega diciembre y vuelven las corridas de toro en mi pueblo. Devuélvanme, querido Niño, mis dotes y mis armas. Que ya no sea capaz de conquistar a una mujer vieja y fea, vaya y venga, pero a la plaza de toros quiero volver, y aunque sea a una vaca vieja… déjame tirar.
2.
La mujer alzó la mirada, el brazo, la copa y sus deseos. Me miró de frente, con todos sus desafíos en el gesto y los senos inflados de silicona invitándome a brindar. “Feliz navidad”, le gesticulé en medio de la bulla, desde el otro lado del restaurante. Ella entendió el accionar de mis labios, así como entendí “esta noche te vas conmigo”. Sonreí, me sentí vanidosamente conquistador y deseado, pero pronto la olvidé para dedicarme a mi novia y la familia en una cena de navidad, llena de reencuentros, risas, regalos, tragos y buenos deseos para todos. Celebré mi navidad feliz con la mirada fija de la mujer de senos grandes a la que veía con el rabillo del ojo cada que alzaba la copa para brindar. A media noche, al ver a mi novia mirándose y mirándose y mirándose con un tipo de otra mesa, que al sacarla a bailar le había dicho que “era su ángel de la consolación”, salí lleno de celos del restaurante, subí a mi auto y me fui solo a casa. En mi aturdimiento alcohólico, en vez de frenar, aceleré… y el carro se fue de frente contra una mula de 24 llantas. En esa fracción de segundo que hay entre el último suspiro de vida, y el paso que hay hacia los patios de los infiernos… alcancé a vislumbrar a la mujer de tetas grandes y labios carnosos diciéndome: “te lo dije: esta noche te vas conmigo.
3.
Abrí el regalo y encontré un papel. Una lista de deseos. Mi papá murió hace tres días y curiosamente dejó un regalo. Justo él que nunca dio regalos en su vida con el pretexto de no hacerle juego al capitalismo consumista nos dejaba un regalo de herencia. Todos sus hijos y sus dos mujeres estábamos allí a la expectativa, más por la curiosidad que por otra cosa. La tarjeta decía: “para toda mi familia”. Leí el texto mentalmente, sentí un vacio en las entrañas, arrugué la frente y se lo pasé a mi madre. Ella lo leyó en silencio, abrió los ojos, nos miró a todos y se la pasó a la otra mujer de mi papá que apenas habíamos conocido ayer, a la hora del entierro. Ella leyó con dificultad moviendo los labios, arrugó la cara dejó ver sus dientes lindísimos, miró alrededor y se la pasó a mi hermana menor que estaba a su lado. Mi hermanita a cada renglón movía la cabeza de un lado para otro en señal de desaprobación, al final se rascó la cabeza con la muñeca de la mano que agarraba el papel y se le entregó al medio hermano que conoció ayer y que ojeó el texto sin inmutarse y con cara de piedra. Mi hermana la gorda, leyó rápido, se sonrió a cada línea y al finalizar su lectura suspiró hondo, se encogió de hombros y se lo pasó al tío portador del regalo que hacía las veces de testigo de la voluntad de mi papá. Cuando todos leímos, la otra mujer se paró y dijo: “Entonces, que se haga su voluntad, ¿no les parece?” Nadie dijo nada, pero con el silencio aceptamos que era lo mejor. Fue allí cuando comenzamos a abrazarnos y a desearnos feliz navidad y próspero año nuevo.
martes, 5 de enero de 2010
NO TODO ESTA PERDIDO
Marco Antonio Valencia Calle
www.manvalencia.blospot.com
Van pasando los años y las arrugas no le hacen gracia a María Engracia. Con el correr galopante del calendario van llegando las enfermedades, los caros cuidados alimenticios y las visitas cada vez más frecuentes al médico. A María Engracia, la vida de vieja, no le gusta mucho que digamos. Tener que visitar al médico después de los suplicios padecidos para conseguir la cita, la enferman. ¿Quién podría alegrarse de las idas al médico con estos sistemas de salud, cada vez más perversos y neoliberales?
A mí tampoco me hace fiesta el corazón tener que venir al médico. Pero con la llegada de los carnavales y el nuevo año, me llegó de visita una gripa quiebra huesos que se manifiesta con malestar general, migraña espantosa y litros de mocos. Al toser, me duele hasta los tuétanos y por momentos siento angustia por falta de aire. La médico, por protocolo, pero sin interés verdadero, me toma el pulso y escucha mi respirar. Alcanzo a pensar que para ella es más importante su almuerzo que mi triste humanidad adolorida y mocosa. Se le nota el desinterés por mis dolores y quejidos. “El sistema la volvió inmune al dolor del otro”, pienso. Me estira la formula y “tome líquido y guarde cama”. Me receta unas pastillitas (de esas que recetan para todo y para nada) y, “vuelva si no mejora”. Le digo que llevo dos semanas enfermo, sonríe y sentencia: “Es que ahora anda mucha virosis por ahí, por el cambio de año, tú ya sabes”. Su actitud me produce lástima.
Salgo del consultorio y María Engracia está llorando, me siento a su lado y le pregunto el motivo. Dice que llora por las torturas que le producen la vejez. Entonces, sin saber por qué, me pongo a llorar con ella. Un tipo con barriga cervecera viene y pregunta el motivo de mi llanto. Le digo que no sé cómo, hace días perdí la risa y por nada del mundo la encuentro, y que la señora llora por su juventud perdida. Y sin más, el gordo se sienta a llorar con nosotros. Una adolescente de ojos achinados pregunta por qué lloramos, y el hombre contesta: “yo perdí mi salud, ella su juventud y él, dice que la risa”. Y se queda mirándola como preguntándole: “¿y vos?”. La niña de ojos rasgados se sienta a llorar igualmente. Pero no llora a suspiros entrecortados como nosotros, sino que berrea. La médica sale del consultorio, y cuando todos creíamos que iba a preguntar por qué llorábamos (yo hasta sospeché que se iba a solidarizar y a llorar con nosotros), sin decir nada, ignorándonos de plano, cierra con llave su consultorio, pasa sus ojos indiferentes sobre el coro de llorosos y se va, como si nada, en busca de su almuerzo con papas al ajillo.
Poco a poco vamos dejando de llorar, nos secamos las lágrimas ya con pañuelos, el reverso de las mangas de camisa o simplemente con los dedos. Nos miramos, y comenzamos a reír, al principio con una mueca de disculpa, luego con una sonrisa larga de “qué pena con ustedes”, y más tarde con una carcajada colectiva. Que “oso”. Llegar al colmo de llorar con gente desconocida, sin más ni más. No despedimos. Antes de alejarme alcanzo a escuchar a doña Engracia: “Después de todo. Gracias a Dios, todavía existen los consultorios médicos para venir a llorar”. Salgo del edificio. Abatido, y con más ganas de llorar. He descubierto que al final de unas buenas lágrimas, pueden existir luces para una buena sonrisa. Pero mi risa… sigue perdida.
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Van pasando los años y las arrugas no le hacen gracia a María Engracia. Con el correr galopante del calendario van llegando las enfermedades, los caros cuidados alimenticios y las visitas cada vez más frecuentes al médico. A María Engracia, la vida de vieja, no le gusta mucho que digamos. Tener que visitar al médico después de los suplicios padecidos para conseguir la cita, la enferman. ¿Quién podría alegrarse de las idas al médico con estos sistemas de salud, cada vez más perversos y neoliberales?
A mí tampoco me hace fiesta el corazón tener que venir al médico. Pero con la llegada de los carnavales y el nuevo año, me llegó de visita una gripa quiebra huesos que se manifiesta con malestar general, migraña espantosa y litros de mocos. Al toser, me duele hasta los tuétanos y por momentos siento angustia por falta de aire. La médico, por protocolo, pero sin interés verdadero, me toma el pulso y escucha mi respirar. Alcanzo a pensar que para ella es más importante su almuerzo que mi triste humanidad adolorida y mocosa. Se le nota el desinterés por mis dolores y quejidos. “El sistema la volvió inmune al dolor del otro”, pienso. Me estira la formula y “tome líquido y guarde cama”. Me receta unas pastillitas (de esas que recetan para todo y para nada) y, “vuelva si no mejora”. Le digo que llevo dos semanas enfermo, sonríe y sentencia: “Es que ahora anda mucha virosis por ahí, por el cambio de año, tú ya sabes”. Su actitud me produce lástima.
Salgo del consultorio y María Engracia está llorando, me siento a su lado y le pregunto el motivo. Dice que llora por las torturas que le producen la vejez. Entonces, sin saber por qué, me pongo a llorar con ella. Un tipo con barriga cervecera viene y pregunta el motivo de mi llanto. Le digo que no sé cómo, hace días perdí la risa y por nada del mundo la encuentro, y que la señora llora por su juventud perdida. Y sin más, el gordo se sienta a llorar con nosotros. Una adolescente de ojos achinados pregunta por qué lloramos, y el hombre contesta: “yo perdí mi salud, ella su juventud y él, dice que la risa”. Y se queda mirándola como preguntándole: “¿y vos?”. La niña de ojos rasgados se sienta a llorar igualmente. Pero no llora a suspiros entrecortados como nosotros, sino que berrea. La médica sale del consultorio, y cuando todos creíamos que iba a preguntar por qué llorábamos (yo hasta sospeché que se iba a solidarizar y a llorar con nosotros), sin decir nada, ignorándonos de plano, cierra con llave su consultorio, pasa sus ojos indiferentes sobre el coro de llorosos y se va, como si nada, en busca de su almuerzo con papas al ajillo.
Poco a poco vamos dejando de llorar, nos secamos las lágrimas ya con pañuelos, el reverso de las mangas de camisa o simplemente con los dedos. Nos miramos, y comenzamos a reír, al principio con una mueca de disculpa, luego con una sonrisa larga de “qué pena con ustedes”, y más tarde con una carcajada colectiva. Que “oso”. Llegar al colmo de llorar con gente desconocida, sin más ni más. No despedimos. Antes de alejarme alcanzo a escuchar a doña Engracia: “Después de todo. Gracias a Dios, todavía existen los consultorios médicos para venir a llorar”. Salgo del edificio. Abatido, y con más ganas de llorar. He descubierto que al final de unas buenas lágrimas, pueden existir luces para una buena sonrisa. Pero mi risa… sigue perdida.
viernes, 25 de diciembre de 2009
Papá y Mamá Noel
Por: Marco Antonio Valencia Calle
Otra vez navidad, me digo mirando desde la ventana de un tercer piso a una mujer de caderas anchas presurosa que lleva entre sus manos una ancheta forrada en papel cristal rojo. ¿Será para su jefe o para su madre?, me pregunto. Le doy un sorbito a mi café, miro el cielo y me da por pensar que tengo tristeza, y entonces la tristeza se me introduce al cuerpo sin complicaciones. Sigo con la mirada las caderas de la muchacha y balbuceo un “mamacita” entre dientes, y entonces, igual, sin complicaciones, un pedazo de morbo se apodera de mi hombría. Pero las erecciones con tristeza no combinan y mejor dirijo la mirada a otra cosa. Los ojos me llevan a otra parte de la calle, y ante mi pobre humanidad, ganosa y maltrecha, aparece Papá Noel. Así gordo, de camisa roja y todo.
Esta viejo y camina lento como dice la canción de Piero. Se para frente al edificio y escarba todas las bolsas de basura que encuentra. Saca algunas cosas: periódicos, revistas, cartón, un juguete roto y un par de zapatos con los tacones quebrados. Es grande y encorvado, su cara no tiene barba blanca pero su pelo es cano y grasiento. Abriendo una bolsa hace fuerza, arruga la cara y deja ver que no tiene dientes superiores. Lo acompaña un perro color chocolate en vez de duendecillos, y a medida que va llenando su propia bolsa de los desperdicios de todos los vecinos, un carruaje se acerca. Es una carretilla de llantas torcidas tirado por un caballo langaruto que alza la cara y relincha mirándome sin verme.
Mamá Noel, se baja de la carretilla, sube una de las bolsas que antes cargaba el viejo y enreda su atención con un espejo que encuentra en medio de la basura. La mujer se queda mirando a sí misma como buscando una juventud perdida, acerca un ojo al espejo y se arranca algún pelillo de las cejas. Papá Noel le dice algo y la mujer se sube a su trineo de un salto, con una pirueta algo peligrosa para una vieja, y pienso que a lo mejor no es tan vieja, sino que tiene mala pinta por la vida miserable que tiene que vivir y de inmediato me acuerdo que estoy juzgando a priori, que no puedo decir eso, que cómo voy a saber yo si su vida es miserable, que a lo mejor esta vieja con su mugre, su trabajo y su gordo mueco, es más feliz que todos los que vivimos en el edificio.
Me tomo otro sorbito de café y miro las casas de enfrente. Este año hay pocos arreglos navideños. Esta pobre la navidad este año, me digo.
En eso llega mi enfermera, me quita el vaso de café de las manos, le quita el seguro a la silla de ruedas y quiere llevarme a la habitación de nuevo. Con la cara moviéndola de un lado para otro le digo que no, que no, y le señalo a Papá y a Mamá Noel en la calle, mientras hago esfuerzos sobrehumanos para que me entienda, pero la maldita enfermera todavía no es capaz de entender ni mu, de lo que intento decir con mis balbuceos. Empuja la silla en dirección a la habitación mientras yo sigo intentando comunicarme en un desesperado “gaga gooooel, aga gaga goel”. Si mijito, tranquilo que ya lo llevo a su cama de nuevo. Vas a descansar que mañana es navidad y te voy a dar un regalo bien bonito. Me resigno y me dejo llevar.
La mujer me lleva a la habitación, me carga y me pone en la cama sin escuchar ni reponer en mis palabras. Cuando me alza, aspiro de su perfume y me extasío, y cuando su cuerpo se estrecha con el mío, el calor de sus senos me hace sentir un estremecimiento. Un algo que recorre mi vida de cabo a rabo y siento un hilillo de miedo. Un miedo feliz, morboso que me hace sentir vivo. A esas alturas la hombría se nota y me siento turbado. La mujer me mira todo y quiero sospechar que se estremece por mi condición. Sale de la habitación dejándome solo. El otro día pensé que si esta mujer de cuarenta y pico de años, de tetas grandes, nariz operada y tristeza en los ojos me alzara de vez en cuando en su regazo, a lo yo podría ir mejorando poco a poco, hacer un esfuerzo más grande por mover la lengua, los dedos, el cuerpo mismo, hablar más claro y más firme, pero ni a ella, ni a ningún médico se le ha ocurrido esta terapia. Intuyo que ella solo ve en mi a un pedazo de hombre al que la faltan patas y manos… y hasta creerá que también soy lisiado mental.
Es noche de navidad y la mujer a lo mejor quiere estar con su familia, pero tiene que trabajar, tiene que cuidarme, y se siente triste y sola. Yo me siento triste pero no solo. Con seguridad piensa que soy un desgraciado sin nada en el cerebro. Yo pienso que es una hembra bonita con tristezas en el alma, y lo sé por el palpitar lento de su corazón en el instante que coloca mi cara sobre su pecho para pasarme de la silla a la cama. Lo peor de la navidad es estar solo. La navidad es para compartirla en familia así como lo hacen Papá Noel con Mamá Noel, que andan con su caballo y su perro, tal vez sus únicos familiares para arriba y para abajo en busca de vainas para reciclar, pero juntos. En cambio, esta enfermera de senos olorosos a pachulí y corazón lento, está sola y triste, seguramente igual que yo, monigote del destino, que una navidad se estrelló en una moto, ebrio, y que por los rezos de mamá, en vez de morir se quedó penando en este mundo tan cuadrapléjico, que ya nadie me determina y todos se van de vacaciones.
Sonrió, la enfermera me sonrió, y le correspondo… pero la enfermera solo ve en mí una mueca fea desde la puerta, y me mira como se ve a un niño recién nacido. Su soledad me acompaña.
Como sea, es navidad y ya he visto a Papá y a Mamá Noel en la puerta de mi edificio, quienes han venido a entregarme su regalo personalmente. A lo mejor muchos los han visto, pero pocos los han distinguido, y no se han dado cuenta de nada. Yo, que he perdido la facultad del habla, del oído y del movimiento, si he podido verlos y he recibido la gracia de ponerme a pensar en el otro, en la gente que me acompaña. Gracias Mamá Noel. Gracias Papá Noel.
Otra vez navidad, me digo mirando desde la ventana de un tercer piso a una mujer de caderas anchas presurosa que lleva entre sus manos una ancheta forrada en papel cristal rojo. ¿Será para su jefe o para su madre?, me pregunto. Le doy un sorbito a mi café, miro el cielo y me da por pensar que tengo tristeza, y entonces la tristeza se me introduce al cuerpo sin complicaciones. Sigo con la mirada las caderas de la muchacha y balbuceo un “mamacita” entre dientes, y entonces, igual, sin complicaciones, un pedazo de morbo se apodera de mi hombría. Pero las erecciones con tristeza no combinan y mejor dirijo la mirada a otra cosa. Los ojos me llevan a otra parte de la calle, y ante mi pobre humanidad, ganosa y maltrecha, aparece Papá Noel. Así gordo, de camisa roja y todo.
Esta viejo y camina lento como dice la canción de Piero. Se para frente al edificio y escarba todas las bolsas de basura que encuentra. Saca algunas cosas: periódicos, revistas, cartón, un juguete roto y un par de zapatos con los tacones quebrados. Es grande y encorvado, su cara no tiene barba blanca pero su pelo es cano y grasiento. Abriendo una bolsa hace fuerza, arruga la cara y deja ver que no tiene dientes superiores. Lo acompaña un perro color chocolate en vez de duendecillos, y a medida que va llenando su propia bolsa de los desperdicios de todos los vecinos, un carruaje se acerca. Es una carretilla de llantas torcidas tirado por un caballo langaruto que alza la cara y relincha mirándome sin verme.
Mamá Noel, se baja de la carretilla, sube una de las bolsas que antes cargaba el viejo y enreda su atención con un espejo que encuentra en medio de la basura. La mujer se queda mirando a sí misma como buscando una juventud perdida, acerca un ojo al espejo y se arranca algún pelillo de las cejas. Papá Noel le dice algo y la mujer se sube a su trineo de un salto, con una pirueta algo peligrosa para una vieja, y pienso que a lo mejor no es tan vieja, sino que tiene mala pinta por la vida miserable que tiene que vivir y de inmediato me acuerdo que estoy juzgando a priori, que no puedo decir eso, que cómo voy a saber yo si su vida es miserable, que a lo mejor esta vieja con su mugre, su trabajo y su gordo mueco, es más feliz que todos los que vivimos en el edificio.
Me tomo otro sorbito de café y miro las casas de enfrente. Este año hay pocos arreglos navideños. Esta pobre la navidad este año, me digo.
En eso llega mi enfermera, me quita el vaso de café de las manos, le quita el seguro a la silla de ruedas y quiere llevarme a la habitación de nuevo. Con la cara moviéndola de un lado para otro le digo que no, que no, y le señalo a Papá y a Mamá Noel en la calle, mientras hago esfuerzos sobrehumanos para que me entienda, pero la maldita enfermera todavía no es capaz de entender ni mu, de lo que intento decir con mis balbuceos. Empuja la silla en dirección a la habitación mientras yo sigo intentando comunicarme en un desesperado “gaga gooooel, aga gaga goel”. Si mijito, tranquilo que ya lo llevo a su cama de nuevo. Vas a descansar que mañana es navidad y te voy a dar un regalo bien bonito. Me resigno y me dejo llevar.
La mujer me lleva a la habitación, me carga y me pone en la cama sin escuchar ni reponer en mis palabras. Cuando me alza, aspiro de su perfume y me extasío, y cuando su cuerpo se estrecha con el mío, el calor de sus senos me hace sentir un estremecimiento. Un algo que recorre mi vida de cabo a rabo y siento un hilillo de miedo. Un miedo feliz, morboso que me hace sentir vivo. A esas alturas la hombría se nota y me siento turbado. La mujer me mira todo y quiero sospechar que se estremece por mi condición. Sale de la habitación dejándome solo. El otro día pensé que si esta mujer de cuarenta y pico de años, de tetas grandes, nariz operada y tristeza en los ojos me alzara de vez en cuando en su regazo, a lo yo podría ir mejorando poco a poco, hacer un esfuerzo más grande por mover la lengua, los dedos, el cuerpo mismo, hablar más claro y más firme, pero ni a ella, ni a ningún médico se le ha ocurrido esta terapia. Intuyo que ella solo ve en mi a un pedazo de hombre al que la faltan patas y manos… y hasta creerá que también soy lisiado mental.
Es noche de navidad y la mujer a lo mejor quiere estar con su familia, pero tiene que trabajar, tiene que cuidarme, y se siente triste y sola. Yo me siento triste pero no solo. Con seguridad piensa que soy un desgraciado sin nada en el cerebro. Yo pienso que es una hembra bonita con tristezas en el alma, y lo sé por el palpitar lento de su corazón en el instante que coloca mi cara sobre su pecho para pasarme de la silla a la cama. Lo peor de la navidad es estar solo. La navidad es para compartirla en familia así como lo hacen Papá Noel con Mamá Noel, que andan con su caballo y su perro, tal vez sus únicos familiares para arriba y para abajo en busca de vainas para reciclar, pero juntos. En cambio, esta enfermera de senos olorosos a pachulí y corazón lento, está sola y triste, seguramente igual que yo, monigote del destino, que una navidad se estrelló en una moto, ebrio, y que por los rezos de mamá, en vez de morir se quedó penando en este mundo tan cuadrapléjico, que ya nadie me determina y todos se van de vacaciones.
Sonrió, la enfermera me sonrió, y le correspondo… pero la enfermera solo ve en mí una mueca fea desde la puerta, y me mira como se ve a un niño recién nacido. Su soledad me acompaña.
Como sea, es navidad y ya he visto a Papá y a Mamá Noel en la puerta de mi edificio, quienes han venido a entregarme su regalo personalmente. A lo mejor muchos los han visto, pero pocos los han distinguido, y no se han dado cuenta de nada. Yo, que he perdido la facultad del habla, del oído y del movimiento, si he podido verlos y he recibido la gracia de ponerme a pensar en el otro, en la gente que me acompaña. Gracias Mamá Noel. Gracias Papá Noel.
domingo, 15 de noviembre de 2009
EL MORRO
por: Marco Antonio Valencia Calle
Hace unos días el senador Luis Fernando Velasco llegó al “pueblito patojo” para visitar la tumba del Quijote, comer empanadas de pipián y aprovechar el escenario para contestar una entrevista de la televisión nacional. Lo acompañaba un séquito largo de secretarios y guardaespaldas.
De pronto en el escenario interrumpe una mujer bellísima. Un ángel de niña que se deja caer de “El Morro” gritando que la han robado. El senador Velasco alerta a sus escoltas que de inmediato despliegan con la policía un operativa para capturar dos tipos que se desplazan en una moto kawasaky azul sin placas que han robado un bolso de mujer.
Lo que no sospechaba el senador, ni su séquito de secretarios, ni las periodistas de la tele nacional, ni yo mismo que estaba ahí mirando todo de reojo, es que enseguida de los gritos del ángel caído y sus lágrimas vestidas de angustia, de la nada comenzó a salir una cantidad de gente que fue rodeando al senador para contarle al principio que la inseguridad en “El Pueblito” y en “El Morro” era insoportable. Que no se explicaban cómo un sitio al que visitan turistas a diario, se hubiera convertido de la noche a la mañana en el atracadero más grande de la ciudad frente a la indiferencia de las autoridades que sueñan con tener a Popayán como un paraíso turístico. Luego se quejaron de la poca importancia de las autoridades a sus llamados, de la ineficiencia del número de emergencias 123, de las llegadas tarde de los policías las pocas veces que venían.
Explicaron incluso cómo operan los cacos, y de su incapacidad de civiles para enfrentarlos, algo que a veces suelen hacer exponiendo la integridad física para hacer de héroes improvisados a costa de su propias vidas y venganzas posteriores.
El Senador hacia preguntas ejecutivas, se mostró interesado, escuchó a todo al gentío y prometió hacer algo. La gente contestaba a sus preguntas, e incluso le dramatizaron alguna escena, y al final, casi en coro, le suplicaron que frente a los oídos sordos de las autoridades por salvar ese sitio de los truhanes y viciosos, él era la única salvación. “Senador”-, dijo una señora vieja, recia y voz profunda-, “usted es el único que nos ha venido a escuchar y usted es el único que nos puede salvar. Haga algo por recuperar la seguridad de estos sitios turísticos, por el bien de la ciudad…”
El senador dijo que sí, que se los prometía, que él mismo iba a ir a visitar el comandante de la policía para pedirle ayuda. Que el asunto de la inseguridad no podía continuar así...
Al rato, se comió un “morro” de empanadas, probó el champú, se despidió de besos y de mano de todos. Se fue con su séquito de colaboradores a seguir escuchando “otro morro” de reclamos y necesidades a los barrios en su campara para obtener votos que lo reelijan senador…
Pero enseguida, en El Morro, otra mujer comenzaba a gritar: ¡cójanlos, me robaron la chuspa, me robaron la chuspa, cójanlos, cójanlos!
Hace unos días el senador Luis Fernando Velasco llegó al “pueblito patojo” para visitar la tumba del Quijote, comer empanadas de pipián y aprovechar el escenario para contestar una entrevista de la televisión nacional. Lo acompañaba un séquito largo de secretarios y guardaespaldas.
De pronto en el escenario interrumpe una mujer bellísima. Un ángel de niña que se deja caer de “El Morro” gritando que la han robado. El senador Velasco alerta a sus escoltas que de inmediato despliegan con la policía un operativa para capturar dos tipos que se desplazan en una moto kawasaky azul sin placas que han robado un bolso de mujer.
Lo que no sospechaba el senador, ni su séquito de secretarios, ni las periodistas de la tele nacional, ni yo mismo que estaba ahí mirando todo de reojo, es que enseguida de los gritos del ángel caído y sus lágrimas vestidas de angustia, de la nada comenzó a salir una cantidad de gente que fue rodeando al senador para contarle al principio que la inseguridad en “El Pueblito” y en “El Morro” era insoportable. Que no se explicaban cómo un sitio al que visitan turistas a diario, se hubiera convertido de la noche a la mañana en el atracadero más grande de la ciudad frente a la indiferencia de las autoridades que sueñan con tener a Popayán como un paraíso turístico. Luego se quejaron de la poca importancia de las autoridades a sus llamados, de la ineficiencia del número de emergencias 123, de las llegadas tarde de los policías las pocas veces que venían.
Explicaron incluso cómo operan los cacos, y de su incapacidad de civiles para enfrentarlos, algo que a veces suelen hacer exponiendo la integridad física para hacer de héroes improvisados a costa de su propias vidas y venganzas posteriores.
El Senador hacia preguntas ejecutivas, se mostró interesado, escuchó a todo al gentío y prometió hacer algo. La gente contestaba a sus preguntas, e incluso le dramatizaron alguna escena, y al final, casi en coro, le suplicaron que frente a los oídos sordos de las autoridades por salvar ese sitio de los truhanes y viciosos, él era la única salvación. “Senador”-, dijo una señora vieja, recia y voz profunda-, “usted es el único que nos ha venido a escuchar y usted es el único que nos puede salvar. Haga algo por recuperar la seguridad de estos sitios turísticos, por el bien de la ciudad…”
El senador dijo que sí, que se los prometía, que él mismo iba a ir a visitar el comandante de la policía para pedirle ayuda. Que el asunto de la inseguridad no podía continuar así...
Al rato, se comió un “morro” de empanadas, probó el champú, se despidió de besos y de mano de todos. Se fue con su séquito de colaboradores a seguir escuchando “otro morro” de reclamos y necesidades a los barrios en su campara para obtener votos que lo reelijan senador…
Pero enseguida, en El Morro, otra mujer comenzaba a gritar: ¡cójanlos, me robaron la chuspa, me robaron la chuspa, cójanlos, cójanlos!
sábado, 9 de mayo de 2009
La madre
por: Marco Antonio Valencia Calle
Cuando a Eduardo Lamas le propusieron llevar al cine su poema “La madre” no se sorprendió para nada, pues sabía que tarde o temprano iban a descubrir que era un genio de las letras. Aceptó el trato, pero pidió participar de la realización de los libretos, a lo que el director y libretista Max Lebaza indignado dijo que solo aceptaría sugerencias por correo electrónico, pero nada más; porque una cosa era el simple poema, y otra cosa era la nueva obra de arte que saldría de su genio creador. La puja de egos terminó en una cena con empresarios y artistas, con mucho whisky y más paga para el poeta. A la madrugada, después de tanto rogar, el bardo lo único que pudo conseguir fue la posibilidad de estar presente sin voz ni voto en las escenas de grabación.
Cuando comenzaron a rodar, Lamas casi se muere al descubrir que el hijuemadre director había puesto a un político como protagonista, al interpretar el primer verso de su poema: “herida y llena de lágrimas decepcionadas, camina la madre del infante travieso por el parque de un mundo destruido”; pero como ya todos estaban avisados, de nada valieron sus reclamos. La cosa se puso peor, al punto que Lamas casi derriba con su pataleta una cámara analógica reformada, cuando descubrió que la mente retorcida del director había buscado una actriz porno para protagónica. -Es solo la interpretación de tu babeante poema a las madres-, le gritó Lebaza, y salió llamando a seguridad para que sacaran al hijuemadre poeta de una vez y para siempre de los estudios.
El poeta quiso deshacer el negocio, pero los empresarios como buenos capitalistas, no tenían escrúpulos ni se dejaron convencer por las sensiblerías y argumentos moralistas del autor. -¿Por Dios, -decía-, es que ustedes no tienen madre? No sean tan hijueputas, no me hagan este daño. Se están tirando el homenaje que le hice a mi madre.
-Agradece que nos estamos “tirando el homenaje” y no a tu propia madre-, dijo el más simpático, un negro gordo, con dientes impecables y cadena de mafioso al cuello. –Todos aquí tenemos madre-, dijo un enano con aliento de ajo-, pero es de caucho, por tanto, nos rebotan tus insultos. -Mi mamá, gracias a Dios, dijo uno que vestía corbata y camisa amarilla de mangas largas, fue la que me enseñó que la vida es de los vivos y que afuera se quedan los perdedores. Esta película de “La madre”, mi querido poeta, es un negocio que nos va a llenar de dinero. Déjate de sensiblerías.
El poeta gritó y gritó para terminar balbuceando que no, “que no le podían hacer semejante afrenta a su madre”. Se dejó caer en una silla a punto de llorar, recibió un vaso de agua, y a todos llamó la atención que parpadeaba a mil por minuto, como si le fuera a dar un ataque de algo.
-Hijo-, le volvió a decir el de la camisa amarilla mientras se arreglaba la corbata. –Todas las madres son santas, pero también son seres humanos llenas de defectos por dentro y por fuera. Ya todos aquí quisiéramos que nuestras mamás jamás nos gritaran, que es la cosa más infame que puede hacer una madre, o que dejaran de ser mujeres corrientes expuestas a los vicios y pecados como la lujuria, la gula, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia… déjate de pendejadas y celebra con nosotros esta película, el amor por “tu madre”, es sin duda un gran guión, y un excelente negocio. ¿Vale?
Cuando a Eduardo Lamas le propusieron llevar al cine su poema “La madre” no se sorprendió para nada, pues sabía que tarde o temprano iban a descubrir que era un genio de las letras. Aceptó el trato, pero pidió participar de la realización de los libretos, a lo que el director y libretista Max Lebaza indignado dijo que solo aceptaría sugerencias por correo electrónico, pero nada más; porque una cosa era el simple poema, y otra cosa era la nueva obra de arte que saldría de su genio creador. La puja de egos terminó en una cena con empresarios y artistas, con mucho whisky y más paga para el poeta. A la madrugada, después de tanto rogar, el bardo lo único que pudo conseguir fue la posibilidad de estar presente sin voz ni voto en las escenas de grabación.
Cuando comenzaron a rodar, Lamas casi se muere al descubrir que el hijuemadre director había puesto a un político como protagonista, al interpretar el primer verso de su poema: “herida y llena de lágrimas decepcionadas, camina la madre del infante travieso por el parque de un mundo destruido”; pero como ya todos estaban avisados, de nada valieron sus reclamos. La cosa se puso peor, al punto que Lamas casi derriba con su pataleta una cámara analógica reformada, cuando descubrió que la mente retorcida del director había buscado una actriz porno para protagónica. -Es solo la interpretación de tu babeante poema a las madres-, le gritó Lebaza, y salió llamando a seguridad para que sacaran al hijuemadre poeta de una vez y para siempre de los estudios.
El poeta quiso deshacer el negocio, pero los empresarios como buenos capitalistas, no tenían escrúpulos ni se dejaron convencer por las sensiblerías y argumentos moralistas del autor. -¿Por Dios, -decía-, es que ustedes no tienen madre? No sean tan hijueputas, no me hagan este daño. Se están tirando el homenaje que le hice a mi madre.
-Agradece que nos estamos “tirando el homenaje” y no a tu propia madre-, dijo el más simpático, un negro gordo, con dientes impecables y cadena de mafioso al cuello. –Todos aquí tenemos madre-, dijo un enano con aliento de ajo-, pero es de caucho, por tanto, nos rebotan tus insultos. -Mi mamá, gracias a Dios, dijo uno que vestía corbata y camisa amarilla de mangas largas, fue la que me enseñó que la vida es de los vivos y que afuera se quedan los perdedores. Esta película de “La madre”, mi querido poeta, es un negocio que nos va a llenar de dinero. Déjate de sensiblerías.
El poeta gritó y gritó para terminar balbuceando que no, “que no le podían hacer semejante afrenta a su madre”. Se dejó caer en una silla a punto de llorar, recibió un vaso de agua, y a todos llamó la atención que parpadeaba a mil por minuto, como si le fuera a dar un ataque de algo.
-Hijo-, le volvió a decir el de la camisa amarilla mientras se arreglaba la corbata. –Todas las madres son santas, pero también son seres humanos llenas de defectos por dentro y por fuera. Ya todos aquí quisiéramos que nuestras mamás jamás nos gritaran, que es la cosa más infame que puede hacer una madre, o que dejaran de ser mujeres corrientes expuestas a los vicios y pecados como la lujuria, la gula, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia… déjate de pendejadas y celebra con nosotros esta película, el amor por “tu madre”, es sin duda un gran guión, y un excelente negocio. ¿Vale?
domingo, 3 de mayo de 2009
A TODO MARRANO LE LLEGA SU DÍA
por: Marco Antonio Valencia Calle
Marcial abre el periódico y se encuentra con la notica: “El mundo alarmado por pandemia de gripe porcina”. Y sonríe, por fin una noticia distinta para mitigar el miedo a la crisis económica y los despidos laborales que le ponían la carne de gallina y las tripas sueltas.
–Nos han cambiando un miedo por otro- se dice, y vuelve a sonreír. Pero este miedo es mejor, al fin y al cabo están hablando de una ventana hacia la muerte, y no de los desgarramientos que produce la falta de dinero, el hambre o las necesidades insatisfechas. En el baño medita mirando el papel higiénico: prefiero morir de una “cochina gripa”, que por las pesadillas que dan las deudas. Abre la página editorial (¡es otro de los que lee en el sanitario!) lee y comenta: ya nadie acusa a los políticos por tránsfugas, los columnistas se han dedicado a escupir sus miedos porcinos y vaticinan malévolos y “con sospecha”, que los sistemas de salud preferirían tener millones de muertos a sacar dos monedas de la alcancías tipo cochinito que han de tener, para comprar vacunas. El caricaturista ha dibujado un globo terráqueo y ha puesto una cola de cerdo apuntando hacia Marte, un mundo más despejado, virgen y saludable. En la radio del apartamento vecino, que se escucha bien en la casa de Marcial (una apartamento de interés social con paredes de papelillo y cero intimidad), un pastor bullicioso de iglesia desconocida, vocifera holocaustico el comienzo del fin del mundo, de las profecías de los iluminados, de las epidemias como el sida, los malditos secuestradores, las plagas humanas, la pobreza con hambre, la gonorrea, los políticos inmorales, el tifus, el miedo, los pesticidas, la influenza, etc, etc
Camino al trabajo en una buseta de servicio público, una mujer estornuda y la gente comienza a insultarla. La mujer, una matrona cincuentona, jorobada y chal rojo, apenada por su alergia, se baja del vehículo pálida de la vergüenza deseando haber muerto en ese fatídico accidente que la dejó viuda, antes de haber asistido a semejante escarnio y señalamiento público.
En el trabajo, a la hora del tinto, que es cuando en la empresa de Marcial comienzan a rodar las noticias, las bromas y los chismes del día, pasan de enterarse que a la mujer del subdirector de Estadística la vieron salir de un motel con su marrano de turno; a las cifras de “sospechosos portadores de la gripe”, y bromean deseando estar enfermos para irse a casa, a dormir a lo cerdo, con salario completo, celular activado, peluche marital y piyama de rayitas.
Ya no hablan de las pirámides o captadoras ilegales que “los cogió a todos de marranitos”, y les tumbó los ahorros dejando las economías familiares temblando; ni de la crisis económica mundial que dicen que se avecina como el Quinto Jinete del apocalipsis para dejarlos a todos sin empleo; ni de los presidentes latinoamericanos que pasaron de las elecciones democráticas a las dictaduras populistas por culpa de esa franja de indiferentes y “caribajitos” que no votan ni dicen nada…
De regreso a casa, rememorando a Barba Jacob, trata de armar una parodia para aliviarle el susto de tocineta que seguro tendrá temblando a su mujer: “Hay días que somos tan marranos, pero tan marranos, como leve gallinas asustadas por la gripe aviar, y tal vez bajo esta epidemia la dicha nos sonría, porque la vida es cara, manipulable y las puercas noticias “sospechosas” como el mar”.
Marcial abre el periódico y se encuentra con la notica: “El mundo alarmado por pandemia de gripe porcina”. Y sonríe, por fin una noticia distinta para mitigar el miedo a la crisis económica y los despidos laborales que le ponían la carne de gallina y las tripas sueltas.
–Nos han cambiando un miedo por otro- se dice, y vuelve a sonreír. Pero este miedo es mejor, al fin y al cabo están hablando de una ventana hacia la muerte, y no de los desgarramientos que produce la falta de dinero, el hambre o las necesidades insatisfechas. En el baño medita mirando el papel higiénico: prefiero morir de una “cochina gripa”, que por las pesadillas que dan las deudas. Abre la página editorial (¡es otro de los que lee en el sanitario!) lee y comenta: ya nadie acusa a los políticos por tránsfugas, los columnistas se han dedicado a escupir sus miedos porcinos y vaticinan malévolos y “con sospecha”, que los sistemas de salud preferirían tener millones de muertos a sacar dos monedas de la alcancías tipo cochinito que han de tener, para comprar vacunas. El caricaturista ha dibujado un globo terráqueo y ha puesto una cola de cerdo apuntando hacia Marte, un mundo más despejado, virgen y saludable. En la radio del apartamento vecino, que se escucha bien en la casa de Marcial (una apartamento de interés social con paredes de papelillo y cero intimidad), un pastor bullicioso de iglesia desconocida, vocifera holocaustico el comienzo del fin del mundo, de las profecías de los iluminados, de las epidemias como el sida, los malditos secuestradores, las plagas humanas, la pobreza con hambre, la gonorrea, los políticos inmorales, el tifus, el miedo, los pesticidas, la influenza, etc, etc
Camino al trabajo en una buseta de servicio público, una mujer estornuda y la gente comienza a insultarla. La mujer, una matrona cincuentona, jorobada y chal rojo, apenada por su alergia, se baja del vehículo pálida de la vergüenza deseando haber muerto en ese fatídico accidente que la dejó viuda, antes de haber asistido a semejante escarnio y señalamiento público.
En el trabajo, a la hora del tinto, que es cuando en la empresa de Marcial comienzan a rodar las noticias, las bromas y los chismes del día, pasan de enterarse que a la mujer del subdirector de Estadística la vieron salir de un motel con su marrano de turno; a las cifras de “sospechosos portadores de la gripe”, y bromean deseando estar enfermos para irse a casa, a dormir a lo cerdo, con salario completo, celular activado, peluche marital y piyama de rayitas.
Ya no hablan de las pirámides o captadoras ilegales que “los cogió a todos de marranitos”, y les tumbó los ahorros dejando las economías familiares temblando; ni de la crisis económica mundial que dicen que se avecina como el Quinto Jinete del apocalipsis para dejarlos a todos sin empleo; ni de los presidentes latinoamericanos que pasaron de las elecciones democráticas a las dictaduras populistas por culpa de esa franja de indiferentes y “caribajitos” que no votan ni dicen nada…
De regreso a casa, rememorando a Barba Jacob, trata de armar una parodia para aliviarle el susto de tocineta que seguro tendrá temblando a su mujer: “Hay días que somos tan marranos, pero tan marranos, como leve gallinas asustadas por la gripe aviar, y tal vez bajo esta epidemia la dicha nos sonría, porque la vida es cara, manipulable y las puercas noticias “sospechosas” como el mar”.
domingo, 19 de abril de 2009
EL TURISTA
Por: Marco Antonio Valencia Calle
Me gusta salir a las calles del mundo, caminar perdido entre la gente, mirar la cotidianidad de la vida, apuntar, y ¡clic!; así como me gusta luego sentarme a ver las fotos detalle a detalle en la soledad de mi casa, en Vancouver. Las fotos de Popayán me quedaron preciosas. Es una ciudad que guarda su magia para las cámaras. Mejor dicho, me parece más bonita retratada que en la realidad, sin decir que la ciudad no tenga un paisaje pintoresco y bello, especialmente en los días de Semana Santa, donde todos los ciudadanos ponen de su parte para enlucir sus casas y espacios públicos.
Mi especialidad es fotografiar desnudos de mujeres de la cotidianidad. Mi trabajo comienza en cualquier calle, en cualquier lugar, en donde me atrape un olor, un gesto, o una sonrisa misteriosa. Me gusta ensoñar a una mujer que pasa por la calle, perseguirla, acercármele despacio, llamar su atención, hablarle de cualquier cosa, comenzar a contarle de mi trabajo, hacerla reír, lograr que me acepte un café, seducirla con la historia y con la palabra, y finalmente… lograr que se desnude para mi Nikon. Es todo un desafío. El arte del cazador. A veces no sé qué es más difícil: si encontrar una mujer natural y corriente que valga la pena, enredarlas hasta convencerlas, o tomar las fotografías.
Me atrevería a pensar que esta es una ciudad para los que aman la soledad, o para los que disfrutan del silencio y el anonimato. El cuarto día, el Jueves Santo, cuando ya creía que mi viaje a Popayán en busca de una mujer para mi Nikon era en vano, detrás de un ramo de veraneras, en el jardín de una casona vieja con lava pies, descubrí a la mujer que me recompensó la paciencia. Una chica de cabellos rojos y miradas que estremecen.
Las mujeres de una ciudad como ésta, tan húmeda y silente, tan anómala y vertical, despiertan un encanto especial para los hombres que venimos de ciudades con el frío del otoño, la primavera y el invierno entre los huesos. No sé si me explico. Hay personas que aman el Caribe y las mujeres del Caribe, que sueñan con barranquilleras o boricuas de labios gruesos o jineteras cubanas por sus anchas caderas y su alegría espontánea. Pero las mujeres de los Andes, o mejor, las mujeres para mi Nikon, son como las que una encuentran en Popayán, porque lo tienen todo, y lo saben todo al mismo tiempo.
La mujer hablaba por teléfono. Comencé a tomarle fotos a discreción, ella me descubrió y sin decir nada, sin dejar de hablar, sin soltar su teléfono, y como si me hubiera leído las intenciones, comenzó a desnudarse con una maestría deslumbrante. Luego soltó el aparato, se me acercó y me dio un beso. Sus senos rozaron mi lengua o viceversa, no sé. El beso fue largo, extraño, profundo, incandescente, quemante. Lástima que no se puedan fotografiar los besos. Luego desapareció sin más, pero yo, con ese beso, con esas imágenes en mi Nikon, encontré el nido de las mariposas amarillas de la irrealidad de Macondo, el origen de los arcoíris en el universo, y hasta la explicación de las fiebres tropicales que mataron al Libertador en Santa Marta, mientras idolatraba a su amante Manuelita.
Me gusta salir a las calles del mundo, caminar perdido entre la gente, mirar la cotidianidad de la vida, apuntar, y ¡clic!; así como me gusta luego sentarme a ver las fotos detalle a detalle en la soledad de mi casa, en Vancouver. Las fotos de Popayán me quedaron preciosas. Es una ciudad que guarda su magia para las cámaras. Mejor dicho, me parece más bonita retratada que en la realidad, sin decir que la ciudad no tenga un paisaje pintoresco y bello, especialmente en los días de Semana Santa, donde todos los ciudadanos ponen de su parte para enlucir sus casas y espacios públicos.
Mi especialidad es fotografiar desnudos de mujeres de la cotidianidad. Mi trabajo comienza en cualquier calle, en cualquier lugar, en donde me atrape un olor, un gesto, o una sonrisa misteriosa. Me gusta ensoñar a una mujer que pasa por la calle, perseguirla, acercármele despacio, llamar su atención, hablarle de cualquier cosa, comenzar a contarle de mi trabajo, hacerla reír, lograr que me acepte un café, seducirla con la historia y con la palabra, y finalmente… lograr que se desnude para mi Nikon. Es todo un desafío. El arte del cazador. A veces no sé qué es más difícil: si encontrar una mujer natural y corriente que valga la pena, enredarlas hasta convencerlas, o tomar las fotografías.
Me atrevería a pensar que esta es una ciudad para los que aman la soledad, o para los que disfrutan del silencio y el anonimato. El cuarto día, el Jueves Santo, cuando ya creía que mi viaje a Popayán en busca de una mujer para mi Nikon era en vano, detrás de un ramo de veraneras, en el jardín de una casona vieja con lava pies, descubrí a la mujer que me recompensó la paciencia. Una chica de cabellos rojos y miradas que estremecen.
Las mujeres de una ciudad como ésta, tan húmeda y silente, tan anómala y vertical, despiertan un encanto especial para los hombres que venimos de ciudades con el frío del otoño, la primavera y el invierno entre los huesos. No sé si me explico. Hay personas que aman el Caribe y las mujeres del Caribe, que sueñan con barranquilleras o boricuas de labios gruesos o jineteras cubanas por sus anchas caderas y su alegría espontánea. Pero las mujeres de los Andes, o mejor, las mujeres para mi Nikon, son como las que una encuentran en Popayán, porque lo tienen todo, y lo saben todo al mismo tiempo.
La mujer hablaba por teléfono. Comencé a tomarle fotos a discreción, ella me descubrió y sin decir nada, sin dejar de hablar, sin soltar su teléfono, y como si me hubiera leído las intenciones, comenzó a desnudarse con una maestría deslumbrante. Luego soltó el aparato, se me acercó y me dio un beso. Sus senos rozaron mi lengua o viceversa, no sé. El beso fue largo, extraño, profundo, incandescente, quemante. Lástima que no se puedan fotografiar los besos. Luego desapareció sin más, pero yo, con ese beso, con esas imágenes en mi Nikon, encontré el nido de las mariposas amarillas de la irrealidad de Macondo, el origen de los arcoíris en el universo, y hasta la explicación de las fiebres tropicales que mataron al Libertador en Santa Marta, mientras idolatraba a su amante Manuelita.
domingo, 12 de abril de 2009
LA PITONISA
POR: MARCO ANTONIO VALENCIA
Esta mañana fui donde la pitonisa que escarba mis días en el sol de mis entrañas. Y me dijo de una, sin preámbulos ni disimulos, que esa mujer del carro blanco no me convenía. Que si meto el dedo en su cuerpo, abriré el dique de un río turbio, lleno de corrientes violentas y rápidas que jamás me dejarán escapar.
Esa mujer, me dijo, espantando el humo del tabaco de su rostro para que pudiera verle los ojos amarillos y ensangrentados, es la perdición de tu alma. Si pones tus ilusiones sobre su pecho y vuelves a beber en su compañía, caerás en un hechizo para el cual no hay remedio, ni brujos, ni antídotos. ¡Te lo advierto!
Quise preguntar algo, pero no me dejó, tomó mi mano, me señaló una línea y con voz de ultratumba continuó, ¿ves esto?, es un corte de peligro, esta liniecieta de aquí, es ella. Y en ti esta continuar con tus días mediocres de felicidad, o cruzar la vida, y partir tu destino dejándote seducir por la incertidumbre de una aventura sin ojos. Y lo peor, mi muchacho, es que puedes elegir. Pero ni lo pienses. Sencillamente no la vuelvas a ver. Olvídate de ella, vuela por otras montañas otros mares, otros amores. Allí donde alguien pensó triunfar han muerto decenas. Nada, ni nadie puede contra esta hechicera insaciable de amores arrebatados. Déjale esos heroísmos a otros. Además, no te salvaras, quedarás incinerado allí, entre su vagina y sus historias.
Tus ángeles han evitado la caída. Están despiertos desde entonces, cuidándote, en vigilia, pero ya flaquean, y si los devaneos vuelven, nada detendrá tu caída en la cama de esa historia terrible. La hechicera es poderosa y sabe que tiene que vencerte, atraparte, llevarte consigo como un trofeo. Huye. Simplemente huye, entes que sea tarde. Y no te puedo decir más, ni dar respuestas. Págame, deja allí lo que quieras, hasta luego.
Y me dejó solo, en medio de un cuarto con piso de barro, paredes de bareque con telarañas en las esquinas y matas secas encima de los armarios, con ropa colgada en cabuyas sobre la cama y un racimo de plátanos a un lado de la mesa. El olor a eucalipto se confundía con el de hierbas y otras ramas que desconocía. Un gato con sus ojos de diablo me vigilaban desde la penumbra. Del techo colgaban ollas tiznadas, cueros disecados y creo que hasta un murciélago hacia su siesta por ahí.
Salí del cuarto y tuve que cerrar los ojos porque el brillo del día me lastimaba. Había un barranco y algo me empujaba hacia él. Siempre pasa. Un espíritu burlón me empuja, me toma del cuello y quiere divertirse conmigo viéndome volar y destartalado al final de cualquier abismo. Pero no, no es el momento de jugar a las fobias. Y me pregunto: entre el abismo de ahora y el que me señala mi pitonisa, ¿cuál es peor?
La mujer que me espera en el carro blanco, saca la mano, y hace señas para que baje rápido.
Esta mañana fui donde la pitonisa que escarba mis días en el sol de mis entrañas. Y me dijo de una, sin preámbulos ni disimulos, que esa mujer del carro blanco no me convenía. Que si meto el dedo en su cuerpo, abriré el dique de un río turbio, lleno de corrientes violentas y rápidas que jamás me dejarán escapar.
Esa mujer, me dijo, espantando el humo del tabaco de su rostro para que pudiera verle los ojos amarillos y ensangrentados, es la perdición de tu alma. Si pones tus ilusiones sobre su pecho y vuelves a beber en su compañía, caerás en un hechizo para el cual no hay remedio, ni brujos, ni antídotos. ¡Te lo advierto!
Quise preguntar algo, pero no me dejó, tomó mi mano, me señaló una línea y con voz de ultratumba continuó, ¿ves esto?, es un corte de peligro, esta liniecieta de aquí, es ella. Y en ti esta continuar con tus días mediocres de felicidad, o cruzar la vida, y partir tu destino dejándote seducir por la incertidumbre de una aventura sin ojos. Y lo peor, mi muchacho, es que puedes elegir. Pero ni lo pienses. Sencillamente no la vuelvas a ver. Olvídate de ella, vuela por otras montañas otros mares, otros amores. Allí donde alguien pensó triunfar han muerto decenas. Nada, ni nadie puede contra esta hechicera insaciable de amores arrebatados. Déjale esos heroísmos a otros. Además, no te salvaras, quedarás incinerado allí, entre su vagina y sus historias.
Tus ángeles han evitado la caída. Están despiertos desde entonces, cuidándote, en vigilia, pero ya flaquean, y si los devaneos vuelven, nada detendrá tu caída en la cama de esa historia terrible. La hechicera es poderosa y sabe que tiene que vencerte, atraparte, llevarte consigo como un trofeo. Huye. Simplemente huye, entes que sea tarde. Y no te puedo decir más, ni dar respuestas. Págame, deja allí lo que quieras, hasta luego.
Y me dejó solo, en medio de un cuarto con piso de barro, paredes de bareque con telarañas en las esquinas y matas secas encima de los armarios, con ropa colgada en cabuyas sobre la cama y un racimo de plátanos a un lado de la mesa. El olor a eucalipto se confundía con el de hierbas y otras ramas que desconocía. Un gato con sus ojos de diablo me vigilaban desde la penumbra. Del techo colgaban ollas tiznadas, cueros disecados y creo que hasta un murciélago hacia su siesta por ahí.
Salí del cuarto y tuve que cerrar los ojos porque el brillo del día me lastimaba. Había un barranco y algo me empujaba hacia él. Siempre pasa. Un espíritu burlón me empuja, me toma del cuello y quiere divertirse conmigo viéndome volar y destartalado al final de cualquier abismo. Pero no, no es el momento de jugar a las fobias. Y me pregunto: entre el abismo de ahora y el que me señala mi pitonisa, ¿cuál es peor?
La mujer que me espera en el carro blanco, saca la mano, y hace señas para que baje rápido.
domingo, 29 de marzo de 2009
EL TERREMOTO DE 1983
por: MARCO ANTONIO VALENCIA CALLE
No puedo creer que han pasado 26 años… porque el dolor, la herida y la sensación de la tragedia todavía la tengo aquí, en el trauma que me acaricia la tristeza y la desolación más profunda que ser humano pueda imaginar. Tenía 15 años y me llegó el día de ver el horror y la muerte en un instante infinito que todavía no termina.
¡Tembló la tierra!, y pensé que había llegado el fin del mundo y la miserable suerte de ser un sobreviviente. Mi abuela Leticia, murió en la catedral agarrada a un Santo al que le oraba por mejores días, y que se le vino encima para protegerla del techo que colapsó. Mi casa, con todo lo que había en ella, construida en años de esfuerzo por mis padres, se desplomó y se volvió polvo en un segundo. Nos quedamos huérfanos de todos los bienes terranales, pero nos quedó la vida para comenzar de nuevo. Lo que perdimos ese día no lo hemos vuelto a recobrar jamás. El terremoto no solo se llevó nuestro hogar, se llevó todo lo que éramos y desde entonces deambulamos de un lugar a otro, sin encontrar la vida y la comodidad que disfrutábamos. A minutos del sismo caminamos en busca de la abuela por el sector histórico de la ciudad en medio de casas desplomadas, gritos, sangre y muertos. Escenas dantescas que se asoman en pesadillas y me hacen temblar todavía. Fue terrible, terrible. Por semanas enteras vivimos de la solidaridad de los vecinos y familiares, desorientados, temerosos, hambrientos, sucios, y en silencio. La abuela Leticia que era el centro del hogar, y la casa que teníamos por hogar (en el barrio El Cadillal) no estaban, y no sabíamos qué hacer. Nos quedamos huérfanos para siempre. Lo teníamos todo, éramos ricos. Y por el terremoto, lo perdimos todo. Todo… pero nos quedó la vida. Recomenzamos viviendo en hacinamientos familiares, comiendo en ollas comunitarias, agarrados a la fe y la camándula de mi abuela Carola, otra matrona creyente y sabía, que se dio a la tarea de aliviar la vida moral y física de familiares y vecinos con una generosidad infinita. Ahora que lo pienso, en mi familia nunca hablamos de esa página negra que vivimos. Hemos creído en la necesidad de olvidar esos días de lágrimas y pobreza extrema. Jamás hablamos de los días en que dormíamos hasta 24 personas en una sola habitación, de los meses en que fuimos a estudiar bajo en carpas de lona y guadua en medio de aguaceros despiadados porque el colegio también se había caído. Y menos de los días que a escondidas de mis padres, hambriento, hice fila para recibir coladas de bienestarina que se repartían en los colegios en colas infinitas bajo la lluvia.
Mi padre, orgulloso, nunca aceptó las ayudas del gobierno, ni invadió lote alguno para apropiarse de lo ajeno, ni nos dejó recibir ni usar ropa o alimentos que se repartían a los damnificados, ni hizo préstamos especiales para comprar vivienda y luego negarse a pagar como muchos. Nada. Volvimos a levantarnos de la miseria total con el sudor, el sacrificio y el sufrimiento de mi madre, que no sé cómo, volvió a levantar esta familia con hijos de bien y profesionales todos.
Y sé que hubo gente (de aquí o venida de otras partes) que sufrió el terremoto con menos daños físicos que mi familia, o no les pasó nada, y por efectos de la confusión que causó el terremoto se aprovecharon y consiguieron casas gratis o se apoderaron de las ayudas que nos llegaban. No los condeno, pero sus codicias avergüenzan.
Abuela Leticia, que Dios te tenga en su gloria. Señor, líbranos de otra tragedia como la del 31 de marzo de 1983...
No puedo creer que han pasado 26 años… porque el dolor, la herida y la sensación de la tragedia todavía la tengo aquí, en el trauma que me acaricia la tristeza y la desolación más profunda que ser humano pueda imaginar. Tenía 15 años y me llegó el día de ver el horror y la muerte en un instante infinito que todavía no termina.
¡Tembló la tierra!, y pensé que había llegado el fin del mundo y la miserable suerte de ser un sobreviviente. Mi abuela Leticia, murió en la catedral agarrada a un Santo al que le oraba por mejores días, y que se le vino encima para protegerla del techo que colapsó. Mi casa, con todo lo que había en ella, construida en años de esfuerzo por mis padres, se desplomó y se volvió polvo en un segundo. Nos quedamos huérfanos de todos los bienes terranales, pero nos quedó la vida para comenzar de nuevo. Lo que perdimos ese día no lo hemos vuelto a recobrar jamás. El terremoto no solo se llevó nuestro hogar, se llevó todo lo que éramos y desde entonces deambulamos de un lugar a otro, sin encontrar la vida y la comodidad que disfrutábamos. A minutos del sismo caminamos en busca de la abuela por el sector histórico de la ciudad en medio de casas desplomadas, gritos, sangre y muertos. Escenas dantescas que se asoman en pesadillas y me hacen temblar todavía. Fue terrible, terrible. Por semanas enteras vivimos de la solidaridad de los vecinos y familiares, desorientados, temerosos, hambrientos, sucios, y en silencio. La abuela Leticia que era el centro del hogar, y la casa que teníamos por hogar (en el barrio El Cadillal) no estaban, y no sabíamos qué hacer. Nos quedamos huérfanos para siempre. Lo teníamos todo, éramos ricos. Y por el terremoto, lo perdimos todo. Todo… pero nos quedó la vida. Recomenzamos viviendo en hacinamientos familiares, comiendo en ollas comunitarias, agarrados a la fe y la camándula de mi abuela Carola, otra matrona creyente y sabía, que se dio a la tarea de aliviar la vida moral y física de familiares y vecinos con una generosidad infinita. Ahora que lo pienso, en mi familia nunca hablamos de esa página negra que vivimos. Hemos creído en la necesidad de olvidar esos días de lágrimas y pobreza extrema. Jamás hablamos de los días en que dormíamos hasta 24 personas en una sola habitación, de los meses en que fuimos a estudiar bajo en carpas de lona y guadua en medio de aguaceros despiadados porque el colegio también se había caído. Y menos de los días que a escondidas de mis padres, hambriento, hice fila para recibir coladas de bienestarina que se repartían en los colegios en colas infinitas bajo la lluvia.
Mi padre, orgulloso, nunca aceptó las ayudas del gobierno, ni invadió lote alguno para apropiarse de lo ajeno, ni nos dejó recibir ni usar ropa o alimentos que se repartían a los damnificados, ni hizo préstamos especiales para comprar vivienda y luego negarse a pagar como muchos. Nada. Volvimos a levantarnos de la miseria total con el sudor, el sacrificio y el sufrimiento de mi madre, que no sé cómo, volvió a levantar esta familia con hijos de bien y profesionales todos.
Y sé que hubo gente (de aquí o venida de otras partes) que sufrió el terremoto con menos daños físicos que mi familia, o no les pasó nada, y por efectos de la confusión que causó el terremoto se aprovecharon y consiguieron casas gratis o se apoderaron de las ayudas que nos llegaban. No los condeno, pero sus codicias avergüenzan.
Abuela Leticia, que Dios te tenga en su gloria. Señor, líbranos de otra tragedia como la del 31 de marzo de 1983...
viernes, 13 de marzo de 2009
¿QUÉ HACEMOS CON LOS POBRES?
“El escritor debe decir aquello que nadie quiere decir, que nadie quiere oír”
(Rubén Fonseca)
Lo peor del mundo es la pobreza, y de la pobreza: los pobres. En ellos están todos los males encarnados. Entre los pobres se dan las peores pesadillas del hombre: allí están los desplazados, los damnificados, los desplatados, los violados, los desocupados, los vaciados, los desquiciados, los feos, los brutos, los gonorreicos, los alcohólicos, en fin, la pelambre humana. Ese cuento de “que soy pobre, pero honrado, no se lo cree nadie”.
Meterse a un barrio (que digo barrio, a una invasión) de proletos es cosa horrible. Viejas preñadas por todo lado, chinitos viringos y barrigones comiendo tierra con caca de gallina por las veredas o caños, y tipos mal encarados en todas las esquinas fumando bareto, le hacen poner a uno la carne de gallina.
En una pieza de cartón y tablas llegan a vivir hasta 16 personas amontonadas y hay la promiscuidad sexual que ustedes quieran: el papá con la hijastra, la hermanastra con el primo, el primo con la tía, en fin. Practican una vaina que se llama “la gateada” y consiste en esperar a que todos se duerman para que el primo se pueda montar a la prima. Al otro día todos amanecen con ojeras y se miran entre ellos maliciosos: unos con rabia, otros con picardía y no faltan los dudosos, pues no saben quien se les montó. El sexo entre los pobres es de practica libertina pero tema tabú, y no hablan de él ni para planificar.
Allá no hay colegios, pero hay ollas: casas donde compran a precio de huevo todo lo que los pelaos pobres le puedan robar a los ricos; y los pelaos no juegan playStation o futbolín, juegan a las cuchilladas (el que se deje cortar la cara, pierde), al tiro de paja (se masturban públicamente, y el que sea capaz de eyacular tan fuerte que su semen toque el techo, gana), al gato violador (al primero que coja una niña -de 7 o 8 años, o la que pase, qué carajos- para violarla entre todos, y hacerle vaca, es un duro); al que más aguante metiendo bareto sin dormir, comer ni vomitar (suele durar hasta 36 horas el jueguito); se meten en debajo de un puente y atracan (gana el que más puñaladas de en el mes) en fin. Unos juegos cerdos los que se gastan los pobres. Los pobres son una plaga, se multiplican sin descanso y siempre nacen indios morados o negros ¿han visto?, eso sin contar que dañan la tranquilidad de todo el mundo, afean la ciudad, roban y matan. Son unos brutos, nunca entienden las leyes, no saben de propiedad privada, monogamia, las leyes de Dios, ética, estética, o moral; mejor dicho, no entienden nada de nada, ni saben para qué sirven las escuelas y por eso los pobres siempre serán rateros, disipados, viciosos y feos. Los pobres sirven para justificar la existencia de la curia, los discursos del político y la caridad de las viejas encopetadas; en biología para explicar la degeneración de las razas. Los pobres sirven para poder demostrar la desintegración familiar y hacer obras de caridad. Los rotos, así también le dicen a los pobres, sirven para justificar la existencia de la policía, los indicadores económicos, para tener obra de mano barata, para tener quien se queje, para tener idotas útiles en tiempos de elecciones, para hacer esos trabajos groseros, impúdicos o feos que los ricos no quieren hacer. En fin, los pobres son un mal necesario.
Pero lo peor de los pobres es el resentimiento con el que viven, y más peor – como dicen ellos-, es un pobre estudiado que alcanza a trascender la barrera y logra que lo nombren en un puesto importante.!Já! Dios nos proteja de caer en semejantes garras. Son lo peor de lo peor, y no actuando contra los ricos, sino contra los mismos pobres.
Ahora, para reflexionar: ¿Cuándo usted da una limosna a un pobre, por qué lo hace? ¿Por el pobre o por usted? ¿Por piedad, por miedo, por costumbre, para que Dios le perdone la abundancia? Oiga, ¿Qué hacemos con los pobres: Les damos leche con cuca o les vendemos ilusiones de iglesia?
domingo, 8 de marzo de 2009
DE LOS FOROS RIDÍCULOS Y OTRAS GENIALIDADES
por: Marco Antonio Valencia Calle
valenciacalle@yahoo.com
Fui a una conferencia de universitarios en algún lugar de la Tierra cuyo nombre prefiero olvidar. Un acto ridículo de ventriloquia de loras mojadas. Los pobres tipos no podían ni respirar por sí mismos. No balbuceaban una baba de su propia imaginación, de su propio pensar, de su propio sentir. Expusieron bagatelas como: Desde la perspectiva de Pokper y Marchx, vivir en un pueblo es un laberinto de dos puertas. La amistad extendida por un lado y el infierno del ridículo por el otro. Ya lo había afirmado Jibermas, en los pueblos pequeños se desnuda al otro con el olfato y se mide a la gente por el peso de sus apellidos, la cultura por el barrio, la importancia por los amigos que se tienen.
Desde Chuchenco, el presente y el destino de un fulano en los pueblos pequeños esta medido por lo que fueron sus abuelos y no por lo que son la gente en el ahora y en el presente. En los diarios de Kakas, podemos encontrar afirmaciones como que a veces a un pueblo llega un extraño y cree que puede entrar a la rosca, pero no; a veces un fulanito se da sus mañas y triunfa en las ligas económicas y políticas y cree que puede acceder a los círcus del ridículo social, pero no es así. A estos círculos los nuevos triunfadores sociales solo se les acepta, se les usa, se les aprovecha, pero no se le permite entrar a sus entrañas por más emparentado que esté. Incluso, los hijos naturales, reconocidos o no, tienen sus problemas para de acceso total. Y si no pueden los que llevan una pinta de sangre familiar mucho menos lo que Tripucha llamó los yernos (de yerros) o las nueras (aludiendo a las que no eran).
En estas culturas endémicas nos cuenta Pachulí, las luchas políticas están dadas por actores ultra conservadores en un teatro de pocas transformaciones. En el libro de Torobobo y Garcilazo, uno encuentra que esta gente se alimenta más de los elogios mutuos, de pergaminos en la pared, de títulos de nobleza para la exhibición, de escudos que les hace vibrar el alma y las tripas, que de proteínas y maíz, pues comen poco.
Trepanuca afirmó sobre este mismo asunto, que esta gente nunca dan la mano a un sujeto sin preguntar primero “y vos de quién sos hijo”, o “de qué familia sos”, siendo esta la frase que los identifica como pertenecientes a una clase racista, xenófoba, clientelista, Cuaternaria y peligrosa.
Sochogun Diez, en su libro “Las luchas políticas de las minorías ridículas”, dice que estos asuntos están dadas por temor y supervivencia, en la conciencia plena de saberse tribus en vía de extinción, pues ya al mundo civilizado y culto, en cualquier sentido del término le interesa poco menos que un comino el apellido de una persona frente a situaciones como la cultura, la creatividad empresarial o científica del ser y del ahora.
Chuspín, el sociólogo creador del Habeas, dice que todos éstos ritos y mitos, hacen que muchas veces en estos hogares se tengan que esconder el común sentido de humanidad que les corre, y detrás de las poses y caserones, pequeños asuntos se vuelven secretos inconfesables. Secretos que en principio son sus propias lápidas, y sus fantasmas frente a la fauna popular que los mira y admira estupefactos.
Bien decía el maestro Delfín Avispado en sus clases de sociología matemática, que no hay nada más ridículo en el mundo que ver el comportamiento estrafalario de un blanco con apellido, un negro con título y un indio con plata. Barak Mosquera, afirmaba que no es que estos sujetos pierdan el sentido de la decencia, sino que desconocen la inutilidad de sus petulancias olvidando que “polvo eres y en polvo te convertirás”, como lo afirmaba San Agrustrin de Hipotálamo. .
Ay, Señor, uno no sabe que produce más risa, si estas loras universitarias de nuestro tiempo sin voz propia y sus rebuscadas lecturas en El Rincón del Vago punto com para justificar sus sueldos de burócratas, o la dedicación del dinero público para investigar y montar foros sobre temas del ridículo que ya a nadie le importan, en las sociedades civilizadas.
Nota: solo acepto comentarios a esta columna de “gente con apellido”, y de universitarios con cerebro y voz propia.
valenciacalle@yahoo.com
Fui a una conferencia de universitarios en algún lugar de la Tierra cuyo nombre prefiero olvidar. Un acto ridículo de ventriloquia de loras mojadas. Los pobres tipos no podían ni respirar por sí mismos. No balbuceaban una baba de su propia imaginación, de su propio pensar, de su propio sentir. Expusieron bagatelas como: Desde la perspectiva de Pokper y Marchx, vivir en un pueblo es un laberinto de dos puertas. La amistad extendida por un lado y el infierno del ridículo por el otro. Ya lo había afirmado Jibermas, en los pueblos pequeños se desnuda al otro con el olfato y se mide a la gente por el peso de sus apellidos, la cultura por el barrio, la importancia por los amigos que se tienen.
Desde Chuchenco, el presente y el destino de un fulano en los pueblos pequeños esta medido por lo que fueron sus abuelos y no por lo que son la gente en el ahora y en el presente. En los diarios de Kakas, podemos encontrar afirmaciones como que a veces a un pueblo llega un extraño y cree que puede entrar a la rosca, pero no; a veces un fulanito se da sus mañas y triunfa en las ligas económicas y políticas y cree que puede acceder a los círcus del ridículo social, pero no es así. A estos círculos los nuevos triunfadores sociales solo se les acepta, se les usa, se les aprovecha, pero no se le permite entrar a sus entrañas por más emparentado que esté. Incluso, los hijos naturales, reconocidos o no, tienen sus problemas para de acceso total. Y si no pueden los que llevan una pinta de sangre familiar mucho menos lo que Tripucha llamó los yernos (de yerros) o las nueras (aludiendo a las que no eran).
En estas culturas endémicas nos cuenta Pachulí, las luchas políticas están dadas por actores ultra conservadores en un teatro de pocas transformaciones. En el libro de Torobobo y Garcilazo, uno encuentra que esta gente se alimenta más de los elogios mutuos, de pergaminos en la pared, de títulos de nobleza para la exhibición, de escudos que les hace vibrar el alma y las tripas, que de proteínas y maíz, pues comen poco.
Trepanuca afirmó sobre este mismo asunto, que esta gente nunca dan la mano a un sujeto sin preguntar primero “y vos de quién sos hijo”, o “de qué familia sos”, siendo esta la frase que los identifica como pertenecientes a una clase racista, xenófoba, clientelista, Cuaternaria y peligrosa.
Sochogun Diez, en su libro “Las luchas políticas de las minorías ridículas”, dice que estos asuntos están dadas por temor y supervivencia, en la conciencia plena de saberse tribus en vía de extinción, pues ya al mundo civilizado y culto, en cualquier sentido del término le interesa poco menos que un comino el apellido de una persona frente a situaciones como la cultura, la creatividad empresarial o científica del ser y del ahora.
Chuspín, el sociólogo creador del Habeas, dice que todos éstos ritos y mitos, hacen que muchas veces en estos hogares se tengan que esconder el común sentido de humanidad que les corre, y detrás de las poses y caserones, pequeños asuntos se vuelven secretos inconfesables. Secretos que en principio son sus propias lápidas, y sus fantasmas frente a la fauna popular que los mira y admira estupefactos.
Bien decía el maestro Delfín Avispado en sus clases de sociología matemática, que no hay nada más ridículo en el mundo que ver el comportamiento estrafalario de un blanco con apellido, un negro con título y un indio con plata. Barak Mosquera, afirmaba que no es que estos sujetos pierdan el sentido de la decencia, sino que desconocen la inutilidad de sus petulancias olvidando que “polvo eres y en polvo te convertirás”, como lo afirmaba San Agrustrin de Hipotálamo. .
Ay, Señor, uno no sabe que produce más risa, si estas loras universitarias de nuestro tiempo sin voz propia y sus rebuscadas lecturas en El Rincón del Vago punto com para justificar sus sueldos de burócratas, o la dedicación del dinero público para investigar y montar foros sobre temas del ridículo que ya a nadie le importan, en las sociedades civilizadas.
Nota: solo acepto comentarios a esta columna de “gente con apellido”, y de universitarios con cerebro y voz propia.
domingo, 15 de febrero de 2009
De la crisis moral, a la crisis universitaria
por: Marco Antonio Valencia Calle
Como una gran avalancha de tierra y agua, la crisis económica avanza sobre nosotros, quienes hasta no ver el hambre en nuestras mesas, no le comeremos cuento a los gurús de la economía. Algo le aprendimos a Santo Tomás que dijo: “hasta no ver, no creer”. O mejor del catolicismo: todos quietos y frescos… que Dios proveerá. (Y ojalá así sea)
Frente al tema de la crisis económica vamos a ver si nuestro Presidente y sus ministros, con el señor Fiscal a bordo, se toma los canales de televisión para dar las indicaciones pedagógicas con el fin de evitar la catástrofe financiera, así como lo hizo cuando decidió cerrar las “pirámides” o empresas captadoras de dinero “para protegernos”. Acción presidencial que –sospechosamente- nos dejó más pobres justo meses antes de una recesión mundial.
Y hago un paréntesis: anoche tuve una visión: que la platica de las pirámides se había perdido del todo en esa ruleta del azar, y que con la crisis económica mundial en pleno me llegaban la pobreza a visitar, pero que la estocada final me la daba el gobierno cuando declaraba (como en la Argentina de hace años) “El corralito bancario”, es decir que nadie podía sacar sus ahorros de los bancos, y entonces la miseria se venía a vivir a mi casa con toda su familia. Por lo tanto, me tocaba salir con los vecinos a “cazar ratas” para matar el hambre (y aplacar la sed… de justicia).
Pero si la crisis económica viene a paso de tortuga, la crisis moral ya vive en muchos de nuestros hogares. La vemos cuando papás profesionales y todo, son incapaces de educar a sus hijos para evitar esa caterva de niños Emos y suicidas, ese clan de quinceañeros gays, esa multitud de niñitas premenstruales y callejeras, esa tropa de infantes drogadictos por soledad, esas manadas de pandillas juveniles robacarteras y mariguanos que asolan los barrios de las periferias.
La crisis moral ya nos la presentan cada día en los noticieros de televisión, cuando nos hablan de funcionarios con títulos de doctor y elegidos con la confianza del voto popular, que luego a conciencia y sabiduría de universitarios, terminan vendiéndose a intereses no santos, y a favor de sus bolsillos.
La crisis moral ya ronda la casa de todos. Tenemos que vacunarnos contra la estupidez colectiva. ¿Cómo es posible que ya no importe que nos pisoteen la dignidad?, ¿hasta cuándo seguiremos siendo ciudadanos de la Patria Boba?, ¿cuándo es que nuestras universidades asumirán su rol serio y responsable de enseñar una “ética para salvar la patria en tiempos de crisis moral”?, ¿cuándo es que van a dejar de decir en las universidades que “la ética” se aprende en los colegios, y en los colegios que en la escuela, y en la escuela que en la casa… si en la casa no hay nadie, y si hay alguien.., ya son papas podridas?
¿Qué carajos hacemos con estas universidades incapaces de enseñar ética, de fomentar profesionales con liderazgo, de asumir responsabilidades políticas frente a las crisis ciudadanas?
Como una gran avalancha de tierra y agua, la crisis económica avanza sobre nosotros, quienes hasta no ver el hambre en nuestras mesas, no le comeremos cuento a los gurús de la economía. Algo le aprendimos a Santo Tomás que dijo: “hasta no ver, no creer”. O mejor del catolicismo: todos quietos y frescos… que Dios proveerá. (Y ojalá así sea)
Frente al tema de la crisis económica vamos a ver si nuestro Presidente y sus ministros, con el señor Fiscal a bordo, se toma los canales de televisión para dar las indicaciones pedagógicas con el fin de evitar la catástrofe financiera, así como lo hizo cuando decidió cerrar las “pirámides” o empresas captadoras de dinero “para protegernos”. Acción presidencial que –sospechosamente- nos dejó más pobres justo meses antes de una recesión mundial.
Y hago un paréntesis: anoche tuve una visión: que la platica de las pirámides se había perdido del todo en esa ruleta del azar, y que con la crisis económica mundial en pleno me llegaban la pobreza a visitar, pero que la estocada final me la daba el gobierno cuando declaraba (como en la Argentina de hace años) “El corralito bancario”, es decir que nadie podía sacar sus ahorros de los bancos, y entonces la miseria se venía a vivir a mi casa con toda su familia. Por lo tanto, me tocaba salir con los vecinos a “cazar ratas” para matar el hambre (y aplacar la sed… de justicia).
Pero si la crisis económica viene a paso de tortuga, la crisis moral ya vive en muchos de nuestros hogares. La vemos cuando papás profesionales y todo, son incapaces de educar a sus hijos para evitar esa caterva de niños Emos y suicidas, ese clan de quinceañeros gays, esa multitud de niñitas premenstruales y callejeras, esa tropa de infantes drogadictos por soledad, esas manadas de pandillas juveniles robacarteras y mariguanos que asolan los barrios de las periferias.
La crisis moral ya nos la presentan cada día en los noticieros de televisión, cuando nos hablan de funcionarios con títulos de doctor y elegidos con la confianza del voto popular, que luego a conciencia y sabiduría de universitarios, terminan vendiéndose a intereses no santos, y a favor de sus bolsillos.
La crisis moral ya ronda la casa de todos. Tenemos que vacunarnos contra la estupidez colectiva. ¿Cómo es posible que ya no importe que nos pisoteen la dignidad?, ¿hasta cuándo seguiremos siendo ciudadanos de la Patria Boba?, ¿cuándo es que nuestras universidades asumirán su rol serio y responsable de enseñar una “ética para salvar la patria en tiempos de crisis moral”?, ¿cuándo es que van a dejar de decir en las universidades que “la ética” se aprende en los colegios, y en los colegios que en la escuela, y en la escuela que en la casa… si en la casa no hay nadie, y si hay alguien.., ya son papas podridas?
¿Qué carajos hacemos con estas universidades incapaces de enseñar ética, de fomentar profesionales con liderazgo, de asumir responsabilidades políticas frente a las crisis ciudadanas?
domingo, 8 de febrero de 2009
LOS RÍOS QUE SUENAN
Pocos entendemos eso de la globalización de la crisis financiera más allá de los sueños rotos, las deudas y la falta de plata que nos dejó en la economía familiar el desfalco de las pirámides. Y poco entendemos eso de la globalización. Pero deberíamos estar preocupados e intentar hacer un esfuerzo por entender sobre temas que tarde o temprano nos van a causar problemas locales y nacionales.
La globalización consiste en que ya no hay diversos mundos, sino uno solo porque todos los mundos ya están relacionados entre sí, especialmente el de la economía. Y claro, entre los aspectos negativos de la globalización tenemos que, lo que pasa financieramente en un continente, repercute en otro.
Ahora bien, la crisis financiera que comenzó en México en 1995, siguió en Asia en 1997, llegó a Rusia en 1998, azotó luego a la Argentina y Turquía, y que en el 2009 golpea en las puertas del imperio norteamericano, en poco tiempo puede llegar a entrar en nuestras casas.
Lo que quiere decir que los países ricos que conforman el G-8, por ejemplo, deberían construir nuevas arquitecturas financieras para regular el flujo de capitales con el fin de prevenir las crisis que se avecina en Latinoamérica (y que ya empieza a golpear a varios países en vía de desarrollo). Por ejemplo, renegociar la moratoria de la deuda externa, y renovar las políticas del Fondo Monetario Internacional, serian un par de buenas medidas.
La palabra globalización que tanto emociona a los jóvenes por el asunto del interné, y porque permite viajar sin traumas a cualquier parte del mundo, asusta a los estudiosos que reconocen en el término “globalización” serios peligros para el progreso humano; pues las políticas de los países ricos consiste en lucrarse de la riqueza de los países pobres vendiéndole cuentos chinos que involucran la palabra “desarrollo” como si fuera la gran panacea. Y es peligrosa sencillamente porque se trata de un desarrollo privado, injusto, y monopólico en la medida que concentra el poder en unas cuantas empresas.
La tarea de los intelectuales, de los grupos sociales, de los movimientos de presión (sindicatos, economistas y políticos), es buscar que se den equilibrios comerciales entre los países ricos y pobres; al tiempo que se orienta a los gobernantes en estrategias comunes para denunciar en los escenarios mundiales la desigualdad comercial, y la necesidad de trabajar por un desarrollo sostenible en razón del nuevo panorama que implica el calentamiento global, como un hecho inesperado y preocupante.
La crisis viene, y sería de buen recibo (necesario y agradable), que nuestro gobierno local y nacional se desprendiera de algunos dividendos para hacer publicidad con el objeto de orientar a la gente en asuntos de ahorro, manejo de recursos naturales, cuidado del medio ambiente, y la conservación de aquellas cosas que en apariencia son gratuitas, pero que en realidad son bienes públicos que cuestan dinero, y todos tenemos que cuidar.
La globalización consiste en que ya no hay diversos mundos, sino uno solo porque todos los mundos ya están relacionados entre sí, especialmente el de la economía. Y claro, entre los aspectos negativos de la globalización tenemos que, lo que pasa financieramente en un continente, repercute en otro.
Ahora bien, la crisis financiera que comenzó en México en 1995, siguió en Asia en 1997, llegó a Rusia en 1998, azotó luego a la Argentina y Turquía, y que en el 2009 golpea en las puertas del imperio norteamericano, en poco tiempo puede llegar a entrar en nuestras casas.
Lo que quiere decir que los países ricos que conforman el G-8, por ejemplo, deberían construir nuevas arquitecturas financieras para regular el flujo de capitales con el fin de prevenir las crisis que se avecina en Latinoamérica (y que ya empieza a golpear a varios países en vía de desarrollo). Por ejemplo, renegociar la moratoria de la deuda externa, y renovar las políticas del Fondo Monetario Internacional, serian un par de buenas medidas.
La palabra globalización que tanto emociona a los jóvenes por el asunto del interné, y porque permite viajar sin traumas a cualquier parte del mundo, asusta a los estudiosos que reconocen en el término “globalización” serios peligros para el progreso humano; pues las políticas de los países ricos consiste en lucrarse de la riqueza de los países pobres vendiéndole cuentos chinos que involucran la palabra “desarrollo” como si fuera la gran panacea. Y es peligrosa sencillamente porque se trata de un desarrollo privado, injusto, y monopólico en la medida que concentra el poder en unas cuantas empresas.
La tarea de los intelectuales, de los grupos sociales, de los movimientos de presión (sindicatos, economistas y políticos), es buscar que se den equilibrios comerciales entre los países ricos y pobres; al tiempo que se orienta a los gobernantes en estrategias comunes para denunciar en los escenarios mundiales la desigualdad comercial, y la necesidad de trabajar por un desarrollo sostenible en razón del nuevo panorama que implica el calentamiento global, como un hecho inesperado y preocupante.
La crisis viene, y sería de buen recibo (necesario y agradable), que nuestro gobierno local y nacional se desprendiera de algunos dividendos para hacer publicidad con el objeto de orientar a la gente en asuntos de ahorro, manejo de recursos naturales, cuidado del medio ambiente, y la conservación de aquellas cosas que en apariencia son gratuitas, pero que en realidad son bienes públicos que cuestan dinero, y todos tenemos que cuidar.
domingo, 1 de febrero de 2009
EL extraño caso del Dr. Danilo y los profes de Unicauca

por: Marco Antonio Valencia Calle
Que el Dr. Danilo Vivas quiera volver a ser rector de la Universidad del Cauca por cuarta vez… (¡) no causa asombro, está en su derecho y la ley lo permite. El tipo es humano y pueda que tenga entre sus demonios la ambición (o la debilidad del sacrificio para el bien de todos). Y estoy seguro que podrá volver a ganar las elecciones internas, pues conoce bien las trapisondas para sostenerse en el poder, ha demostrado tener caparazón del armadillo para aguantar y salir airoso a pesar del sol a sus espaldas, anda políticamente bien amangualado, es obediente a los intereses de los politiqueros, tiene sus brujos de turno que le limpian los caminos, es un líder carismático, polifacético, pragmático, prometedor, trabajador… (como se tiene que ser).
Pero lo que me indigna, lo que me causa estupor, vergüenza ajena y verdadera lástima… es que entre todos los 883 profesores de la Universidad del Cauca no haya un líder (¡uno solo!) con aspiraciones de rector, y que de manera sería se presente como candidato contendor del Dr. Danilo. Que desilusión esa falta de aspiraciones de los profesores dizque de la universidad más prestigiosa del sur occidente colombiano, que desdicha esa falta de líderes, que tristeza esa ausencia de personajes de talla… y entonces, se habla de reciclar ex rectores, o poner candidatos payasos como por no dejar, y hasta se agita la bandera mesiánica de: “si no es Danilo, ¿entonces quién?”
¡Uf!, ¿Qué puede uno esperar de una universidad con 182 años de historia incapaz de formar siquiera un líder en los últimos 20 años para dirigirse a sí misma? Peor aún, ¿qué puede esperarse de los profesores de una U, que además de conocimiento deberían formar prohombres para dirigir las empresas del país dando ejemplo? ¡No, no no no!
Y lo peor, es que en el ambiente universitario muchos rumoran y hablan en voz baja de todas las posibles obscenidades politiqueras que representa una nueva reelección del Dr. Danilo Vivas. Pero claro, es que son opositores de corrillo o pasquineros que cumplen la inane labor de criticar por criticar, sin dar cara. Vacas sagradas de la burocracia que se le esconden al compromiso de denunciar, viven del “nomeimportismo” y les falta madera para liderar cambios.
Este silencio, esta falta de candidatos serios y capaces da miedo. Y pueda que el libro de gestión que reparte por estos días el Dr. Danilo tenga bonitas fotos, y haya que felicitarlo porque demuestra en el papel que durante su administración se trabajó con seriedad y de manera responsable, pero hay que decir que se rajó en el tema crucial de la formación de líderes, y solo por eso, solamente por eso, Mr. Danilo… no debería usted repetir.
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